EVOCACION DE LUCIA

Cómo saberlo, Matías. Caminamos estas veredas húmedas desde antes que cayera el sol, siguiéndole el rastro a la lluvia de la tarde. Y de golpe, sucede: el pasado se cuela en nosotros como el viento en un zaguán abierto. No existe un porqué, tampoco vamos a inventarlo. Vos y tu obsesión por encontrarle un motivo a todo, Matías. Siempre tan necesitado de certezas, siempre tan de dos más dos son cuatro.
Cómo saber por qué esta canción y no otra. Entiendo que sospeches y preguntes, pero no tengo una respuesta. Llegó la melodía y detrás vino su recuerdo, como algo inevitable. La música no nos deja olvidar. Claro que te acordás de la canción. Y claro que te acordás de ella, de Lucía. Cómo habría de dudarlo.
También es cierto que podríamos recordarla por motivos más obvios: por un rostro muy grande en un cartel de bordes oxidados, o por la simple y opaca revelación de un perfume. Y sin embargo, ya ves, hoy llega montada a una melodía. Una melodía tristísima, de esas que tienen pausas como abismos, y que vos tocabas sentado en una piel de vaca, en ese rancho abatido de la Isla Charigüé:

“Vuela esta canción, para ti, Lucía…”

Y ella que escuchaba, o simulaba escucharte, siguiendo la poesía con un rumor que le brotaba de sus labios de hechicera, de ménade al acecho. ¿Cómo no enamorarse de esa mujer, Matías? ¿Cómo no iba a obsesionarnos? Vamos. No me mires de esa forma.
Alguien dijo que la memoria es una herramienta desleal que sólo puede redimir ciertas canciones. Y ésta era la suya, la que le habías elegido para ella. La cantabas como nadie, aunque en el fondo hubiese algo que no llegabas a comprender del todo; algo que flotaba en el ambiente como una bruma, como una niebla que desorienta al cazador.
Creo que es hora de que entiendas, después de tantos años. Nunca sospechaste qué iba ocurriendo con tu canción de fondo, qué rodillas rozaba Lucía por debajo de la mesa, a quién le sonreía, avergonzada y resuelta. No me culpes por seguir su juego. Yo no quería traicionarte, Matías. Pero tampoco quería herirte con la verdad.
Me mantuve, a duras penas, en ese definitivo costado que habías elegido para mí, o al que yo me había relegado para no robarte un centímetro de escena. Siempre fuiste vos, Matías. Siempre vos y tu arrogancia. Y de eso sí deberías culparme. Nunca tuve el coraje de salvarte, de ponerte al reguardo de tu propio ego. Aun cuando Lucía me quería a mí, en secreto y con miedo, mientras su deseo encendía el aire como un pájaro de fuego, como una asfixiante y celosa candela. Porque ella me deseaba, Matías, aunque hoy te parezca un absurdo. Y yo la aceptaba por detrás de canciones viejas, inventando odiseas tras los pliegues de su jean deshilachado.
No digas tonterías. Entre ella y yo había algo que nunca hubieses comprendido. Tan ciego como estabas, Matías, atontado por tu propia luz. Lucía nunca fue tuya, y hoy sólo la recordás por eso. No te engañes, porque:

“…no hay nada más bello, que lo nunca he tenido”;

de modo que voy a contarte qué ocurrió esa noche, para que luego sí, puedas olvidarla, de una vez y para siempre.

Cuando atardecía decidiste remar de vuelta. Y con ella nos quedamos en el rancho, a salvo de esa ciudad que nos había vuelto tan hipócritas, tan aparentes y vulnerables. Era nuestro exilio, nuestro escape de la mirada de los otros. Nos encontramos, sin buscarlo, en una delicada intimidad, caminando puentes misteriosos, seducciones exquisitas. Es cierto, yo sólo buscaba divertirme: pero ella buscaba un relámpago, un arco luminoso que la guiara a su destino, a su arena ya sin huella de regreso.
Y fue esa noche, Matías, en el Charigüé. Apenas te habías ido. Recuerdo que un viento suave se colaba por las ventanas del rancho, y allá lejos, en el cielo limpio, la luna apoyándose contra el borde oscuro de las islas. Con el alma liviana por los tragos y el hambre nos dejamos caer en la noche, con los pies descalzos, rozándonos los hombros, buscando ese instante en el que pudiéramos quedarnos para siempre: ese instante que fuera la eternidad.
Tomé coraje. Caminamos hacia el bote de la orilla. De la mano.
Su muñeca era delgada, tan delgada como el diapasón de una guitarra, cruzada por venitas duras como cuerdas. Y yo, que nada sabía de guitarras, de golpe comprendí la música de ese cuerpo. ¡Pude comprenderla como nadie, Matías! Y mientras tanto, ella me rogaba que no tuviese miedo, que te olvidara, que me subiera a esa canoa y la alejara de la costa. Y lo hice, Matías. Lo hice y remé con toda la fuerza del miedo y de la culpa, mientras ella me espiaba con algo de sospecha divertida, con la dulce aceptación de un destino que ya estaba escrito y aceptado. Y en medio de ese río ya no hubo nada sometido a la firmeza de la tierra. No hubo tragos ni canciones balbuceadas, ni siquiera su rostro ni el mío, ni tu ausencia, Matías. Sólo su gesto de amazona al desnudarse; su desnudez mítica, su entrega prodigiosa. Lo que ocurrió entre nosotras fue como la repentina succión de un abismo. Un caos de manos y de labios batiéndose en húmedas vergüenzas, de párpados tersos y temblorosos recibiendo la luz sucia de la luna…

“La más bella historia de amor que tuve y tendré”

Fue el epílogo, con su cuerpo anudado al mío: un último verso atontado de placer y desmesura y desvergüenza. La luminosa desvergüenza de Lucia. Después de esa noche nunca volvimos a verla en la Ciudad. Ya no nos necesitaba. Supongo que ahora lo entendés. Algo de ella quedó en ese río para siempre. Para siempre.

Vamos, Matías. Somos grandes. Es inútil no aceptarlo. Al fin y al cabo, ¿no te salva saber que fue mía? ¿No te redime de tu único fracaso? La verdad es por tu bien, Matías. Para salvar tu orgullo, para que cierre esa herida que tenés abierta en el ego como una mueca de payaso triste. ¿Si la amaba? ¿Si la amaba, me estás preguntando? No lo sé. Tal vez la amé esa noche. Ya no importa. He aprendido a aceptar el paso del tiempo, como he aprendido a aceptar tu desdén, tu silencio violento, el amargo privilegio de tu costado. Pero la música, ya ves. La música nos obliga a recordar. Y a veces, a comprender.
Dale, sigamos caminando. Doblemos a la esquina y vámonos a casa. Olvidemos la canción, olvidemos a Lucía. Ya lo sé, nunca lo hubieses imaginado. Matías, mi amor. No me mires de esa forma. Dale, sigamos caminando. Volvamos a seguirle el rastro a la lluvia de la tarde.

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