Hilo de baba en el aire

(“Recomendación del Jurado”, en el VII Certamen NACIONAL de Poesía y Cuento Breve
de la Editorial Ruinas Circulares 2014)

      Un hombre se detiene ante una casa de lanzas y de torres (una casa con ínfulas de castillo). Al hombre le tiemblan las piernas. Un terremoto de magnitud siete le sacude las rodillas. Intenta tocar timbre pero no logra posar el índice sobre el pulsador. Entonces apoya la mano completa y una descarga eléctrica le corre por los ríos de sudor de la palma. Como todas las semanas, busca la seguridad de las sombras. Como todas las semanas, busca ponerse a salvo de las miradas, la furtividad de dedos que apuntan y condenan.

      Tras algunos minutos de espera la puerta del castillo se abre. Una mujer madura, de carnes blancas y vencidas está parada detrás de las lanzas. La mujer está en bata. Tiene el pelo húmedo, rubio, inverosímil. El pelo le humea. Un humo frío, desteñido, amarillento gana el cielo de la mañana. La mujer sacude el pelo inverosímil, agita unos pechos como ubres de vaca, entreabre la bata. Varios resortes negros y retorcidos saltan del pubis. El hombre no respira o respira muy lento. Mueve los pies atraído por el perfume que emanan las hembras en celo.

      El camino a la habitación real se hace interminable. Puertas y más puertas se pierden en los vapores del pasillo mientras la mujer de pelo inverosímil arrastra al hombre de las solapas (aun sin aire), mientras lo sumerge en su mundo de delirio y locura. ¿Te conté la historia del rey de Lidia?, dice la mujer, que se hace llamar Reina, la lengua asomando entre el filo de los labios, la historia del rey Candaules, dice. El hombre piensa que escuchará el mismo cuento de hadas, el mismo delirio de siempre. No, no me la contaste, dice el hombre, y un hilo de baba se suspende en el aire. Cómo es.

      Candaules fue un rey de Lidia, un valiente, fuerte y hermoso rey de Lidia (la Reina derriba al hombre sobre la cama real), un apuesto rey que amaba a su esposa, no como el gordo de mi marido (deja caer la bata al piso, se escapan más resortes negros), que descuida a su esposa, que corre todo el día de impecable traje azul, vendiendo fraudes de tiempo compartido (el pelo inverosímil flamea con el viento de las palabras, los saltos ornamentales de las ubres), que amaba tanto a su esposa, tanta pasión sentía por ella que empezó a alabar sus virtudes ante el ministro Giges (el hombre lucha con la bragueta, la excitación le hace un nudo en los dedos), y como Giges no creía lo que su señor le contaba (el hombre mira para todos lados, como si los muebles, el placard con espejo, la ventana con vista al jardín real le pudieran ayudar con su erección atascada), el rey decide mostrarle a su esposa desnuda, así (la Reina patea la bata, revolea las ubres, avanza hacia la cama con las garras extendidas, la lengua lubricando el filo de los labios) porque en el fondo al rey le gustaba exponer a su esposa, y a su esposa le gustaba complacer al ministro (las garras despejan el atasco, liberan los nudos, amasan los gemidos), le gustaba ser fiel a su rey.

      Giges finalmente está libre. Exhausto. Satisfecho. La Reina sigue agitando las ubres, abriendo las piernas de par en par, lanzando resortes al aire. Sigue hablando del rey, de cuánto le gustaría que su esposo fuera el rey, y no el pusilánime que es ahora, pero a Giges, extinguida la pasión, lo asaltan sentimientos de culpa, y con más rapidez que agilidad se tira de la cama y se viste. Mira a la Reina, embriagada de goce, de delirio místico, la cara apuntando al techo, las piernas desplegadas grotescamente, el pubis brillante, el pelo inverosímil, las ubres caídas una para cada lado.

      La Reina empieza a murmurar, a maullar. Giges ya no quiere oírla (al menos hasta la semana siguiente). Abre la puerta y abandona el silencio del castillo. Los vapores de la mañana. Salí, mi rey, es la hora de tu regalo, dice la Reina, sumida en la niebla que levantó la lucha, la batalla cuerpo a cuerpo, salí y tomá tu parte. Entonces la puerta del placard con espejo cruje, emite un lamento, un suspiro al abrirse. Y el mismísimo rey Candaules, en persona, aparece en la habitación, ataviado con su impecable traje azul, la cara gorda y barbuda reluciente de sudor, perlada de lujuria. El rey avanza, avanza como si estuviera caminando sobre una cuerda floja, sobre brasas encendidas. Como si estuviera borracho, desanda el camino abierto por Giges. En cuatro patas. Vení y tomá tu parte, dice la Reina, las manos reunidas en la nuca, el pelo inverosímil extendido sobre la almohada. Vení, mi siervo fiel, sangran las palabras al pasar por el filo de los labios. Los labios cada vez más filosos. La Reina se estremece ante el avance del rey, ante el contacto de la barba en las murallas internas de los muslos. El valiente, fuerte y hermoso rey de Lidia lame como un perro dócil. Como un perro fiel.

      Hilo de baba en el aire.

Acerca de Gustavo Reyes

Gustavo Reyes nació en Los Ángeles, Estados Unidos, en 1974. Hijo de padres argentinos, se radicó en Rosario, Argentina, en 1984. Fue Asistente de Producción de la revista literaria “Ciudad Gótica” y Pro-Secretario de la S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores- filial Rosario). Colaboró en distintos medios gráficos, en ciclos de lectura, programas de radio y televisión. Actualmente es el editor del portal de Internet “Literatura de Rosario” (http://www.literaturaderosario.com.ar). Ha publicado los libros de poemas Fusión (con prólogo de Roberto Fontanarrosa, 1994), La soledad del silencio (1995) y Poegramas (1998). En narrativa ha obtenido numerosas distinciones, entre otras, el Primer Premio Provincial “Mateo Booz” (1996), otorgado por la A.S.D.E. (Asociación Santafesina de Escritores), por el cuento “El silencio árido de la Puna; el Segundo Premio Virginia Woolf (2009), otorgado por el Instituto “Olga Cossenttini”, por el cuento Der Schatten Hersteller (con un jurado integrado por los prestigiosos escritores Alberto Lagunas y Jorge Isaías), la Mención Honorífica en el Concurso de Cuentos de Terror “Mundos en Tinieblas”, por el cuento Hombre de Palabra (2009), organizado por Galmort Ediciones, e integrando luego la 2ª Antología Mundos en Tinieblas; la Mención de Honor en el 2º Concurso de Microrrelatos, del Diario El Popular, de Olavarría, por el cuento Obsequios Reales, con un jurado precedido por Ana María Shua, etc. Obtuvo recientemente el 3º Premio en el Concurso Mundos en Tinieblas 2011 por su obra "La habitación vacía", la Mención de Honor en el Concurso de Cuento y Poesía 2011, de "Ediciones Ruinas Circulares", por el cuento "La muerte de Osama" y la Recomendación del Jurado, en el VII Certamen NACIONAL de Poesía y Cuento Breve 2014 de la misma editorial.
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2 respuestas a Hilo de baba en el aire

  1. Pulcritud en el relato y argumento, muy buen trabajo, abrazo !

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