Azúcar en terrones

Azúcar en terrones
El tiempo de la tarde se había ido tan rápido, ya
casi era la hora de empezar a preparar la comida de
la noche.
De a ratos dejaba de escuchar el sonido de los
juegos en la computadora y entonces reparaba en el
ruido de autitos chocándose entre sí o en el de edificios sucumbiendo ante una espada poderosísima, llena de luces, que podía vérselas con cualquier arquitectura. En la planta alta de la casa jugaban sus hijos,
pequeños todavía, y ella bajo la luz del desayunador,
pequeña aún en ese instante, pensaba en cómo había
ido «aletrando» al Tata a lo largo del tiempo. El Tata:
un símbolo ya muerto y fluctuante en su memoria.
Lo había conocido cuando sus posibilidades de
defensa eran inexistentes, las de él. Un personaje a
quien la vida dejó sin habla que podría haber sido, en
un cuarto con alfombras y cortinas, a poca luz, el señor viejo de una escena soñada que le contara cómo
se vivía a principios del siglo en Ushuaia, en 1930…
Hubiese podido preguntarle por qué se dijo
siempre que las mujeres resultaban el territorio de
26
sus gestos. Guardaba una única y pequeña fotografía, en la que podía verse cuál había sido el porte de
un hombre cuidado en su aspecto; esta y aquella otra
perdida, que estuvo en un marco plateado art decó,
en el cuarto ocupado por la sala de su casa y en la
que aparecía uniformado; ambas le hacían recordar
cuánto se temía en los alrededores de sus regresos.
Se ordenaba la casa íntegra, cuidando que ningún detalle y su descuido, desataran en su voz el bramido
enorme de una vuelta, que nadie sabía por qué o con
qué regularidad se concretaría. Una silla de pajas entrelazadas, muy baja, casi resultaba el único recurso
para retenerlo.
Le parecía imposible rescatar tan sólo historias
que podían reducirse a objetos extraños, a una vida
urbana e infantil. Las botas de campo, la rastra con
su monograma de oro y plata, un revólver de puro
acero, descargado.
Cuarenta años después de aquellas impresiones, se contaría que su hijo varón había muerto joven
en una ciudad ventosa, perseguido a balazos por su
amistad con el hermano de Eva Duarte.
Sabía que el Tata había pertenecido a una familia porteña, en la que el rango militar de su padre
marcó los signos llegados hasta ella como cuentos
27
fantásticos de la incertidumbre. Ya no eran agobio,
sólo herencia, pinturas de la sangre. Nunca lo oyó
pronunciar el nombre del caballo con el que quién
sabe cuántos caminos terrosos galopó, ni tocar la guitarra que durante años silenció las milongas que en
Buenos Aires lo vieron joven y valiente.
No mucho más que recuerdos era el Tata. No
mucho más que su padre. Una diferencia secular los
obligó a desconocerse en las miradas.
Su muerte llegó a remedar una agonía cotidiana,
en la que un espejo sobre la pared opuesta a la de
la biblioteca, cumplía el oficio riguroso de la justicia
que una mujer había establecido como la más justa.
Murió en septiembre, cercanos ya sus ochenta años, y se lo veló según la costumbre de aquellos
tiempos: con llantos y en la casa. Se dispuso así un
cuarto y no se tapó el espejo.
Entonces todo pareció haber ocurrido, y ella no
supo si hubiese tenido que hacer algo. Sin preguntar
nada a nadie, salió, caminó hasta el almacén de Don
Martín y pidió un kilo de azúcar en terrones.
Ahora la veo bajo la luz del desayunador, pensativa, sacándose los anteojos, acomodando sus papeles en blanco.

 

Publicado en «El libro anterior»- Este Carnaval- Editora- 2017

Autor: Sara Gayoso

 

Acerca de Sara Gayoso

Sara Gayoso, nació en Rosario el 10 de Abril de 1956. Obtuvo el título de Psicóloga en la UNR. Psicoanalista en la actualidad, publicó contratapas en el diario Rosario/12, y en el suplemento Psi; coordinó el ciclo «Modos de la Escritura» ofrecido por Trama Clínica, dictado por la Licenciada en Letras Marisa Bautista; correctora de trabajos psicoanalíticos, ha presentado sus escritos en diferentes ámbitos. El Libro Anterior es su primer libro.
Esta entrada fue publicada en Cuentos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario