Homeless.

El hombre lo mira,

parado en el borde del asfalto negro.

 

Levanta un cartel hecho de cartón corrugado

con un signo pesos dibujado en color azul.

Se acerca, no demasiado, y le pide una moneda,

o algo, habla de manera entrecortada,

le dice alguna palabra que se pierde

por el frío que lo rodea y ataca el interior del auto.

 

La inmovilidad obligada por el paso a nivel

lo llena de indefensión,

y aunque está detrás del vidrio

y el hombre que lo mira parece un mimo

señalando algún lugar ignorado del cielo,

ambos son ciudadanos solidarios

con los principios

de los Estados Unidos del Terror,

alguien adentro defendiendo el calor de su hogar,

alguien afuera acechando, intentando entrar.

 

El hombre lo sigue mirando

sus dedos manchados de tierra señalando

direcciones que seguramente ignora,

labios que murmuran la letra de una canción demasiado

buena para ser olvidada.

Sus ojos son de un azul intenso,

la barba de días desdibuja un rostro que alguna vez fue bello.

 

Mira el auto y hace un gesto,

señalando la calcomanía de la empresa de alquiler,

negando con la cabeza y elevando las cejas

con cruel pero comprensible lástima.

 

¿En verdad es de lástima ese gesto, esa mirada,

ese labio ligeramente descolocado?

 

¿Intuirá ese hombre que existen otras maneras de estar afuera,

otras maneras que a él no lo afectan?.

 

Desclasado y con un cartel de cartón,

denuncia orgulloso su condición de homeless,

y ostentar las barras y estrellas de su chaleco sucio,

pero el conductor no,

es apenas otro extranjero que con dinero

consigue manejar un automóvil por algunos días,

adquirir una muestra ilusoria de pertenencia a una sociedad

ajena e indiferente a cualquier señal de pertenencia.

 

Le devuelve, impaciente, la mirada y descubre tras el vidrio

un aliento disperso de soledad que sale de los anónimos edificios

levantados en cualquier lugar, prolijos y asépticos,

impecables y quietos, con la belleza impar de las cosas muertas.

 

Por la radio suena en ese momento una guitarra inconfundible

y mientras el tren se aleja,

el conductor prepara su huída a otro lugar que también olvidará.

 

Cuando arranco el homeless señala el cielo

o tal vez solamente la autopista. Ese debe ser el mensaje.

 

El automóvil se aleja del hombre que con su cartel de cartón

sigue señalando el cielo,

como si estuviera reclamando entrar a lugares cálidos

donde poder olvidar los dolores

y va entrando con lentitud en el carril lento de la autopista

por pasadizos de cemento pintados de amarillo.

 

La radio sigue con música de negros hecha por blancos,

y una voz que viene de los parlantes,

empuja todo hacia el desierto,

hacia la fina llovizna negra que comienza a caer.

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