Los unos

No tengo nada interesante para decir, tampoco he padecido escandalosos sucesos en mi vida que ameriten poder llenar esta hoja. Porque uno puede considerar de cierta oblicua forma que algunos eventos fueron de una naturaleza increíble, absurda, imposible, pero eso es uno.
Y andá a saber qué tiene que ver uno con los otros unos.

Uno es uno y sus zapatos que todavía raspan un poco el talón, uno y su obsesión por cerrar bien una gaseosa, por mirar el cenicero esporádicamente y cada vez más apretadas las colillas una con la otra y un papelito y una moneda. Uno es todas esas cosas que hacemos de forma involuntaria, esquivar los bordes de las baldosas por miedo a caer en un abismo imaginario. Ejercer determinada fuerza cuando tiramos una moneda pensando que podemos controlar las vueltas y que caiga cruz, cuando en realidad nosotros estamos girando en el aire mientras la moneda nos observa. Uno es poner un disco y escucharlo con todos los poros de la piel y que los pelos bailen pasivos. Uno es mirar el jarro de café sobre el mechero y sacarlo ni bien aparezcan las primeras burbujitas danzantes sobre el perímetro, o meter un dedo para ver cuan caliente está, para sacarlo con la temperatura justa, porque si no hay que esperar y vivimos muy apurados.

Uno, a veces, también es la pelea con el verdulero para que el tomate sea tomate y no una deformidad transgénica, con el carnicero para que corte las costeletas finas, o el pedazo de nalga sea tierno, y chicanearlo o amenazarlo si hace falta en pos a unas buenas milanesas. Uno puede ser el que se enoja con la fiambrera, porque cortó muy gruesa la paleta sandwichera y son menos fetas y se va a comer más. Indudablemente se apellida Barstein o algo por el estilo.

Uno quiere Malbec, Cabernet Sauvignon, o Sirah. Puede comprar el más caro para quedar bien o saber elegir y confirmar que el dinero excesivo en manos equivocadas es la mejor arma para probar la estupidez humana. Uno quiere gobernar la vida de los demás, quiere ser titiritero aunque termine estrangulándose con los hilos que lo rodean y no los ve porque sigue muy ocupado en mover a otros títeres.

Uno quizás trabaja la tierra o juega con ella, hombre de campo o alfarero, puede ser carpintero y escultor, el oficio y el arte de la mano. Uno puede trabajar en una fábrica metalúrgica y hablar de fútbol en los recesos, de mujeres y de autos, de travestis y asados pero, quizás, cuando va al baño lee poesía escandinava en su librito de bolsillo a escondidas de esta sociedad que todo lo etiqueta y aplaza el ímpetu, el hambre humano natural por un simple verso, o un mate amargo cebado debajo de una parra. Uno puede ser gerente de una multinacional y esclavo de su alma. Los hay unos que no trabajan por un ideal que ni siquiera pueden sostener en una sobremesa, quienes deben marcar una tarjeta a las 0700, y hacerle una venia a un pelotudo 10 cm más alto y cobra 200$ más. Ese cree que gobierna el mundo, ese lamentablemente también es uno.

Uno a veces dice mucho, piensa poco y no se conoce nada. Uno en algún punto de su vida toma determinadas decisiones para desechar otras. Elige la tranquilidad a la rebeldía, el laburo estable, el compromiso, las vacaciones, los feliz cumpleaños y sopla las velitas. Comemos a las 13 y a las 21, con mantel siempre, vos sacás la cubetera, a vos te toca lavar los platos, a vos levantar la mesa. Los domingos vamos de tu mamá, los sábados a las 15:00 sin falta partido de fútbol, los domingos a las 23:00 se mira esta serie y los lunes por la mañana hay que quejarse, los viernes hay que reír aunque sea artificialmente. Cogemos lunes miércoles y viernes, martes y jueves se juega Burako. Vos buscá a los nenes, yo voy al supermercado, yo plancho, vos me hacés masajes 15 minutos ahí, ahí y acá. Mira, mira, está escrito en el aire, no se ve pero alguien dijo que era así.

Uno trabaja día y noche sin cesar para cambiar el auto y, por las noches, cuando jadea entre sueños imagina su coche resplandecientemente vacío y, de tanto en tanto, percibe el volante igual que el de su primer autito, donde se creía más que James Dean. La bocina suena idéntica al primer triciclo, las cubiertas son cuatro ruedas pequeñas de la primer bici, en las butacas hay almohadones coloridos y desgarrados, con la goma espuma vomitando ya por fuera de la tela, los primeros intentos de asiento en la fabricación de un karting con los amigos. Mira hacia la parte trasera y recuerda su primer auto, y esa noche inolvidable con esa muchacha fugaz que jugaron con el sexo toda la madrugada, donde hasta incluso le ató las manos con un precario, por no decir inútil cinturón de seguridad para exasperarla mas todavía, mientras le practicaba sexo oral. O como dijo anoche un cantautor, el ‘cocodrilito’: que consiste en asomar los ojos por arriba del sexo femenino mientras se lo realiza. Uno se despierta y recuerda cada olor, detalle y textura, los olores y el sabor a sexo un poco salado y dulce a la vez. Rememora eso y se llena de alegría. Con el correr del día se va olvidando, va viendo muchos carteles, publicidades, spam en las redes sociales. Y ya para la tarde ansía nuevamente cambiar el coche, pero solamente para volver a soñar con esas cosas por la noche, aunque uno no sepa.

Uno es los cayos de la mano, la caminata silenciosa para equilibrar el ruido interno.

Uno son todas las cicatrices-cofres, es ese pretérito tajo de la rodilla donde hay toda una tarde de fútbol peleado, 3 a 2, contra los pibes de la cortada, y está el arco hecho con los buzos en la calle, el 128 que casi te revienta la pelota. Está también la vieja que putea desde la ventana por el ruido que se hace, aunque uno la toma como un hincha de platea que está disconforme con el resultado. Uno es las cicatrices ajenas, el corte insospechado en la pera de tu madre producto de un monstruo oculto con olor a whisky barato, y las huellas de sangre por toda la casa, y el cuerpo impertérrito en el piso y el charco de sangre, fuente de todas las huellas. El frío te gobierna pero el rojo te descuella, te enardece hasta fundirte en un segundo con la nada. Un indeterminado lapso de “¿Tiempo?” donde tenes que resolver tu vida entera con sólo dieciséis años, en una soledad absoluta, con un maniquí acostado y el pulso que le huye y entre medio del llanto se desploma sin permiso sobre el mármol, una catarata incontenible de lágrimas que se mezclan con el carmín y te muestran una imagen surrealista, te muestran a uno desgarrarse en silencio.

Uno es las heridas del alma. Ocultas a rayos X, gamma, radiografías, miradas, caricias, sexo indómito, lugares paradisíacos, whiskys importados, escondidas a todo, retenidas solamente a uno, y a ver qué hacés con eso. Uno es el vino del padre, el whisky de la madre, la ginebra del tío, la cocaína de un primo, los psicofármacos de la tía, la marihuana de uno. Uno se hace mierda, con todo esto y mucho más, con las enfermas prostitutas eternas de algún pariente más lejano.
Uno se desmiembra encerrado en su casa pasando incontables horas frente a una computadora, buscando en un monitor respuestas que generalmente se pueden divisar dentro de uno, se hace mierda cantando bingo todos los tiros ante las primeras piernas que se abren, revira el envido a los primeros mensajes semi-eróticos en una ridícula ventana que poco tiene de ventana, porque del otro lado no hay nada, sólo cables y luz y una caja vacía, o una conchuda que juega al ajedrez con las reglas de las damas, las fichas del monopoly y el tablero del ludo con la cabeza de uno.

Uno es la lucha contra uno, contra todos, contra el capitalismo y el marxismo, contra el recuerdo y la nostalgia y las noches que hace guardia al olvido, a los pies de la cama, en canastita y moviéndose exactamente cinco centímetros para adelante y cinco para atrás, durante cinco horas, que le hubieran costado cinco años encerrado si lo hubiese visto algún hombre de bata blanca. Uno lucha toda la vida, todo el tiempo, lucha para no faltarle el respeto a una descortés señora que le caga un taxi, lucha para no perecer porque viene con el paquete, pero no lucha porque quiere ser, solamente con existir pareciese que basta. Uno lucha para no incendiar la hipocresía del universo, porque a veces se percata de la miserabilidad de uno, de otros, de todos. Uno lucha contra las marcas del cuerpo y del mundo.

Uno es el que mira los carteles y ve certezas pero piensa en dudas. Lamentablemente siempre será más sencillo acatar, que romper con esa violenta imagen cínica de validez absurda. Uno puede leer mucho y vanagloriarse con su biblioteca de cedro, abusar de los autores y citar en todo momento para afirmar ese supuesto conocimiento. Uno a veces utiliza esa dudosa sabiduría para bajar polleras, que por cierto están flojas y cualquier boludo que esboce tres líneas, que jamás serán leídas por nadie, sirven como sustento suficiente para llevar a cabo tal cometido. Uno ni siquiera tiene la necesidad real de la locura para escribir porque, de otro modo, si realmente fuese así, no se necesitaría una concha como musa, sino un poco de alcohol para domar al demonio que tiene adentro. Uno se emborracha de mujeres, de alcohol, de poesía, de efemeridades con lindo envase. Todas las curdas son buenas para el alma.

La poesía sirve como aceite para un motor fundido en estos días.

Uno tiene máster en Wiki, en libros de cocina y en cuentos fantásticos que quieren hacerte pensar que hay una respuesta para todo en un mugriento best seller. Uno te cuenta que lee esos libros y CÓMO le cambió la vida. Un libro, del que se vendieron millares de ejemplares y que cambia vidas.
Empecemos a cerrar consultorios psicológicos, abandonemos el psicoanálisis, quememos las tumbas de Freud, Lacan, Jung, todos juntos. Salgamos urgente a talar el Amazonas para producir más libros de estos.
Qué jodido ser ese uno si un libro le cambia directamente la percepción de la realidad.
Antes que su cerebro haga sinapsis fíjese, puse directamente, mire, arriba está escrito.

Uno es la excepción dislocada de este sistema que lo confirma como regla. Aunque uno no sea solamente uno y hay mucho unos.

Uno es ambicioso, que no es lo mismo que codicioso, pero que se le asemejan en algunos puntos. Uno es el que diferencia la austera sustentabilidad, del anhelo ingobernable de empapelar su vida con billetes verdes. Los pliega y tapiza sillones, reviste paredes, estampa remeras, compra banderas o se limpia el culo en el baño con el mismo que antes estuvo enrollando.

Uno se puede olvidar a qué vino, o no saberlo, sin embargo se debería prohibir no buscarlo con locura, con las uñas, los ojos. Uno es los fideos con aceite a fin de mes o los sorrentinos de salmón con salsa de langostinos.

Uno puede ser el cigarrillo prendido al revés, el encendedor sin piedra, el otro sin gas, la botella egoísta que se vació sola, el corte de luz en el minuto 85 en una final, el auto mal estacionado. Uno que cruza en verde por una avenida, otro que se le cortó el cable de freno por la perpendicular y no llega a reaccionar. Uno puede ser la brasa inquieta de un tercero, que se cae entre las piernas y se quema un pantalón y un asiento y otro uno está haciendo saltitos involuntarios y no ve al peatón que cruza y tampoco al que está vaticinando la catástrofe, sentado en la mesa de un café tomando sorbos chicos de un café en jarrita y se queda inmune, ese también es uno.

Uno es el pariente que se mama en las fiestas antes de las 12, el que se esconde en el techo y revolea los regalos, el que abre el champagne, el que se lo toma, el que agradece mirando al cielo aunque no crea en nada. Uno es el que se viste de gala para estar en el patio de la casa. Uno es la tía que se pinta de forma barroca y regala siempre medias y calzoncillos.
Uno es el chico que espera la bicicleta y este año no habrá vehículo porque al viejo lo fletaron del laburo. Ese uno sabe muy bien quién es papá Noel, pero desconoce que su padre tiene una depresión galopante y se está por pegar un tiro la semana que viene. Uno es el que llora en la pieza un 31 por una cañita voladora que le tiraron, pero en realidad es mucho mas que una cañita voladora, ese uno no sabe y llora.

Uno es la concatenación inconexa de gritos estridentes ahogados por un encierro mental, uno es el que susurra por el ojo de la puerta pidiendo que le abran, que ya pasó mucho tiempo exiliado en su propio cuerpo.

Uno es el laboratorio, el experimento, el beta tester, el hipotetizador incomprendido, el científico y la rata, los dos adentro de la pecera, estudiándose estudiados.

Uno es el lado oculto, la sombra que genera la moneda en el momento que se arroja al aire, sombra manipulada por el viento, la fuerza por la vida, esa lobreguez que somos y reconocemos en algunos reflejos, en algunas miradas, esa oscuridad sempiterna que callamos y mutilamos, por el pánico de escuchar un buen consejo, el más crudo: la voz de uno. Uno es brutalmente honesto cuando expone la autocracia de su propio estado y asume que la verdadera sombra, ese crepúsculo moviente que respira, es el que se observa cuando se lava los dientes cuatro veces al día, cuando llega a tiempo a un trabajo que no le gusta, cuando compra ropa de estación y se acuesta temprano, cuando come sin sal sin haber llegado a los treinta, por las dudas, cuando busca la ridícula persistencia forzosa en este mundo para solamente trabajar de 9 a 17, comer sin ganas, coger sin hambre, dormir sin vida.

Uno se enamora de uno, de otras, a destiempo, de lo que generan algunas personas en uno, del recuerdo y la infancia, de todas, de la devolución que vemos en ese reflejo, de la revolución idealista. Se enamora de las putas, las conchudas, las lindas, la teoría del cuento que siempre termina bien y la historia que todos quieren contar, del asesino escondido en el placard, el amante debajo de la cama, de una idea se enamora, un cuento bien contado, la que baila los rocanroles y la que le gusta que la cojas despacito porque duele. Uno se enamora de la prosa y el relato y el cuento corto y todos los detalles que parecen nimio. Uno se enamora del auto y la ropa, de un culo y unas tetas. Uno se casa por una tanga, terrible y absoluta tanga, del tango y el bandoneón. Uno se enamora de la guita de los padres de una novia, del auto del suegro, de la hermana, de la amiga, del síndrome de Estocolmo y también de la madre, aunque pretenda odiarla.

Uno es la consulta que le hace a la señorita con 7 años en la escuela, al ver un mapa, y la pregunta destierra enigmas insoslayables, ¿por qué adentro del país las rayitas tienen agujeros y afuera es toda junta? Seño, ¿Las rayitas con agujeros son para que pasemos libremente? ¿Por qué no es así en todo el mundo?

 

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