El contrato

El Contrato
Por: J.M Petracca

La barra de tareas de mi PC portátil, parpadeó por ultima vez con su singular Naranja brillante exactamente a las 23:30 de un sábado demasiado caluroso, como para no salir, y más sabiendo que ese ultimo mensaje de MSN, rezaba en la ventana de conversación, la hora, el lugar y el momento preciso, en donde nos encontraríamos. Yo sentado frente a ella, sonreí complacido.
No nos conocíamos personalmente, pero la sensación que me embargaba, era muy extraña.
Había muchas cosas en común, demasiadas como para que yo, dejara pasar la ocasión. Además del apremio sexual, las ansias de melancolía y su sensualidad, que era abrumadora. Y hasta me atrevería a confesar, que sentía cosas por ella. Cosas que jamás nadie, me había echo sentir.
Nunca se me había cruzado por la cabeza, entablar semejante relación con una mujer bastante mayor que yo (18 años), y mucho menos de manera virtual. Pero allí estaba, y no sabía que fuerza extranormal me movilizaba, como un gran imán. Por qué eso es lo que era ella, un gran imán para mi pequeño cuerpo metálico
Salí a la calle, paré un taxi y subí. Le indiqué al conductor la dirección y allí partí. Con mis mejores ropas, y un perfume de lo mas llamativo. Si mal no recuerdo era el Jazz, de Yves Sant Laurent.
El lugar del encuentro, era un bar en zona Norte, bastante alejado del bullicio comercial ¿Por qué? No lo sé. Quizás, pudiera que sea casada. Quizás le gustase la privacidad. Realmente me tenía sin cuidado.
Las charlas que habíamos mantenido por ¨chat¨, fueron de lo más variadas. Primero comenzamos por interrogarnos, sutilmente claro. Luego pasamos al coqueteo y la doble intención, por ultimo, hasta teníamos sexo virtualmente, para mi, y creo que para ella también, era algo fuera de serie, pero muy excitante.
Pero lo que desencadenó el encuentro, fue tocar el tema de mi carrera como escritor.
Nos habíamos conocido en un Foro Literario, donde uno publica sus textos, y los demás, si no tienen el ego muy alto, los comentan, la página se llamaba Literata.com.
Ella era poeta y cuentista. Leyó alguno de mis textos y ahí, comenzamos a conectarnos.
En mi caso, había ganado varios certámenes de literatura, pero ninguno impulsó mi carrera. Todos eran publicaciones y dinero. –Lo que yo necesito es un agente- recuerdo haberle dicho en una oportunidad. Y ahí fue donde me ofreció su ayuda. De manera desinteresada claro, o por lo menos eso fue lo que me pareció en ese momento. No tenía idea donde llegarían las cosas más adelante.
Esto no lo conté antes por qué es muy difícil de creer, quizás, ni hasta yo mismo me lo crea. Por qué como bien se sabe, la realidad de un escritor esta separada de la ficción por un hilo muy delgado. Por eso, es conveniente no perder la cordura, o por lo menos intentarlo. Pues, todo aquel que se dedique a la escritura, de manera profesional, lo sabrá.
Entonces, el taxi seguía sorteando autos, baches y semáforos. Cruzaba avenidas y callejones. Mientras nos adentrábamos en la noche, mi sentido común, fue poniéndose en alerta. Una luz dentro de mí, titilaba avisándome de que quizás, habría problemas.
Nos habíamos alejado demasiado de la ciudad. Pero en ese momento, pensé que sería mejor para ambos, por si ella, tenía compromisos y demás.
El taxi llegó al lugar, exactamente a la hora pactada. La 01:00hs.
El bar, era un pequeño antro Gótico, muy moderno. Con luces ubicadas encima de la entrada, como dicroicas indicando el camino. Los ventanales estaban polarizados, y en la puerta, un tipo de casi dos metros de alto, pedía la invitación.
(Estoy frito) pensé.
Ella, no me había dicho nada de una invitación, en todo momento pensé que era una entrada libre. Bueno, igualmente si llegaba a la puerta, y el tipo no me dejaba ingresar, la llamaría a su celular y problema resuelto. Si estaba ya dentro del mismo, le diría que saliera. Y si no había llegado, apenas lo hiciera, nos iríamos a otro sitio. De todos modos, lo único que quería yo, era verla, estar con ella, aunque solo fuese esa noche, y nunca más.
Los ojos escrutadores del taxista, giraban dentro de sus cuencas, mientras yo buscaba en mi bolsillo, las monedas que me faltaban para pagar el viaje, (en aquellos tiempos sufría de famelismo crónico). El lugar donde me había citado Elena, era la boca de un terrorífico lobo asesino, con sus fauces abiertas y los colmillos chorreando saliva. Yo creo que era el único bar en kilómetros a la redonda. Me acuerdo que en ese momento, pensé a quien carajo se le ocurriría instalar un bar en esa zona.
Para que se den una idea. Era el bar, la cola de gente para entrar, las luces del mismo y nada más. El silencio y la desolación, lo abarcaban todo. Solo se oía, el Punchi de mierda que me arrebataba la boca del estomago y me hacia zumbar los oídos. Pero todo estaba bien. Todo tenía que estar bien. Era verano. Iba a tener sexo, y por lo vislumbrado en las charlas, del bueno. Además, ella había ofrecido su ayuda con respecto a mi carrera. La hermosa frutillita del postre.
Apenas hube pagado al tipo del taxi y puesto mis pies en el asfalto, este salió tan violentamente que sus ruedas chillaron como hienas hambrientas. Ya se le notaba el cagazo que tenía, cuando empezamos a dejar atrás, los carteles luminosos, la gente y el ruido. No podía dar marcha atrás, ya me había subido, y no dejaría que un pasajero, sepa los temores del macho tachero Argentino. Idioteces del ego y demás.
Miré el frente del lugar, y una ventisca se levantó de repente, dejándome los pelos de punta y la piel de gallina. Pero en ese momento pensé que era normal. Estábamos lejos del reparo de la ciudad, y las brisas se suceden con más frecuencia.
Metí una mano en el bolsillo y extraje mi caja de cigarrillos. Quité uno y lo encendí, haciendo pared con mi otra mano. Volví a meterlos y mientras el humo de la primera pitada se diluía en el aire oscuro de la noche, enfilé mi tembloroso cuerpo con determinación, (debo confesar que estaba un poquito nervioso), hacia la cola del bar.
Me coloqué en el último lugar, y comencé a avanzar. Las charlas eran de lo más animadas. Cada algunos minutos, entraba una persona, y al abrirse la puerta, un humo gris, salía de ella, libre y excitado hacia arriba, como un globo lleno de gas.
La variedad de perfumes se revolvía en mi olfato, pero ahora, y pensándolo con detenimiento. En el lugar había mucha gente, pero en la calle, ni las almas errantes se tomaban el trabajo de levitar. Y ni hablemos de coches estacionados y carritos de comida ambulantes. No había absolutamente nada de eso. Solo la gente de la cola, el Orangután de la puerta y yo. Nada más.
Desde atrás, no podía observar si la gente que entraba le entregaba algo al mono súper desarrollado, tenia que, mirar por el costado de la fila, y ni así tampoco. Entonces me calmé, y dejé que la suerte jugara por mí. No era fácil, por que la Testosterona era caprichosa y quería entrar a toda costa, pero no podía hacer nada al respecto si, el guiño de ingreso, era una puta tarjetita de invitación.
Ya para cuando quedaban cinco o seis personas delante de mí, los nervios se me habían apoderado de la situación, como pasajeros invisibles, dispuestos a disputarme hasta el último segundo de vigilia. Apuré el cigarrillo en largas pitadas, y cuando llegué a la puerta, vi con asombro y desilusión, como el tipo, un escueto y encorvado mal retrato de ¨Che¨ Guevara, le entregaba al primate, la bendita tarjeta.
(Será de Dios y la puta que lo pariiiiiiiiiii). Tronó mi mente, pero antes de terminar el insulto me tocó a mi en la fila, y el mono asesino me dijo, con una voz mas grave que una bocina de camión Free liner.
-¡Vossss!-. No sé para qué estiró tanto la última letra. Me puso su mano en el pecho. Era tan grande como mi cabeza y tan caliente como mi pene. –Pasá. Te están esperando.
Mis ojos revolotearon, buscando algún gesto de queja en las demás personas, pero nadie reparó en mí. ¿Por qué habría yo de repara en ellos?
(¡A joderrrrrse!) Exclamó burlona una voz retorcida en mi cabeza, mientras que mentalmente se reproducía la imagen de mí, sacándole la maldita lengua a todos y bañándolos en baba. Una sonrisa diabólica se dibujó en mi rostro y me metí al lugar, echo un viento.
El lugar, estaba casi lleno. Salvo por algunos claros que dejaba la gente al agruparse. Pero por lo demás, era una penumbra total.
El sonido de la música tecno, me hacía vibrar las entrañas y la excitación era tal, que en vez de un pene, tenía una roca recubierta de piel.
Me fui adentrando, a tientas, hacia un lugar donde poder prender otro cigarrillo. Y para tener una vista más panorámica del lugar. Deseaba encontrar a Elena, y pronto.
(Donde me metí) dijo la misma voz burlona de afuera, pero con miedo evidenciado.
Era todo muy normal, salvo por la desolación de afuera y algún que otro ridículo, disfrazado de loco Mason asesino en serie. Pero por lo demás, iba todo sobre ruedas.
Encontré el claro entre la gente, y con tanta suerte que también una barra, en donde un tipo de camisa remangada y peinado antiguo, secaba con una herrumbrosa rejilla, una botella de cerveza a un cliente, antes de entregársela.
Me acodé y prendí el cigarrillo que hacía media hora debía haber prendido. Busqué con la mirada. Mis ojos se posaron en varias figuras que se contorneaban entre los destellos multicolores de los flashes.
Nada. No la veía. La conocía por fotos y supuse que la encontraría enseguida.
El ruido del Tecno me era un poco molesto, y el humo también, aunque no había tanto, o bien ya me estaba acostumbrando
Giré hacia el ala norte del lugar y al mismo tiempo, sentí detrás, en la espalda media, un dedo tieso y grueso. Volteé y era el mono de la puerta. El mismo, me indicaba con un brazo, y al final, su dedo índice, el supuesto lugar VIP. Me di cuenta por la demarcación y por que dos tipos, iguales a él, y más feos quizás, estaban parados, custodiando la entrada.
Lo miré a los ojos y le hice una seña con mi cabeza. Como preguntándole, que era lo que me indicaba. Él, sin mirarme, asintió, entonces supe que allí debía ir. Y allí fui, acomodándome el cuello de la camisa y testeando si la bragueta de mi pantalón, estaba baja.
Al llegar, las paredes humanas que guardaban la seguridad, desabrocharon la soga que delimitaba la zona de la plebe y la realeza. Y con la cabeza, me indicó el camino. Por un momento me subió como un espiral, una desconfianza atroz. Como si me hubieran rodeado el cuerpo con alambres de púa. Me urgía salir de allí. Pero otra parte de mi, le urgía quedarse. Y esa parte, se llevó toda mi atención.
Al fondo del lugar aparentemente VIP, se encontraba una mesa. Una redonda de madera, con un vidrio que la recorría en toda su superficie circular. Y la misma, estaba acompañada de otras similares, pero no estaban ocupadas. Solo una estaba habitada. Y en ella, una mujer. Sentada con las piernas cruzadas. Era tan bella y joven que no parecía tener la edad que me había dicho. Entonces ya tenía algo para decirle. O bien me había mentido, o bien se conservaba estupendamente, cualquiera de las dos cosas, me eran iguales. Nunca me destaqué por superficial, y no estaba allí, en el culo del mundo, por ser así. Me había cautivado, de la manera más difícil en que una mujer puede cautivar a un hombre tan intrincado como yo. Excitándole el intelecto.
Volví a tantear mi bragueta, acomodé el cuello de mi camisa, nuevamente, y rumbeé hacia ella, como una aplanadora, por que estaba convencido de que si no era de ese modo, me aplastaría. Sabía que era una mujer arrolladora. Y así fue.
-¿Elena?- exclamé rogando que así lo fuera. Con una mano apoyada ya en la mesa, y de pie frente a ella.
-¿Esteban?- me devolvió ella. Mientras su mirada, ya encima de mí, recorría mi rostro adusto (por los nervios) e intentando describir una sonrisa de: ESTA TODO MAS QUE BIEN JA JA.
Tomé asiento frente a ella y busqué un mozo. Nada.
-¿Cómo estás?- dijo sutilmente, mirándome directo a los ojos. (Debo decir que me incomodaba un poco y a la vez me gustaba otro tanto)
(Cagado hasta los talones, y en la loma de la mierda). Pensé.
-Muy bien, gracias. ¿Vos como estás?- materialicé con palabras, lo que mis ojos decían, no mi mente.
Ser cortés. Educado.
Estaba realmente hermosa. Un vestido de noche bien escotado, sin ser de gala, ni demasiado provocativo. Y un maquillaje liviano, igual, no lo necesitaba. Estaba muy sensual, como mi imaginación la dibujó.
-Muy bien. Ahora mejor- dijo. Yo me ruboricé, pero allí dentro, no había manera de notarlo. – ¿Encontraste enseguida el lugar?- volvió a decir.
-Si- contesté, alargando la ¨i¨, como resuelto, con todo bajo control.
-Bien. Mejor- dijo sonriendo. Yo le devolví la sonrisa. El maricón del mozo que no aparecía. Tenía la garganta tan seca como el desierto del Sahara.
-Estuve esperando mucho este encuentro- comencé. Ella se iluminó, y cuando iba a largarle otro de mis celebres pensamientos, muy sentido por cierto, apareció un mozo, de traje, con un balde metálico, y asomaba en su amplio circulo, el corcho de una botella de champagne. El tipo en cuestión, estaba totalmente fuera de contraste con el lugar. Pero ya a esas alturas, nada me asombraba, pero solo a esas alturas. Después vendría lo mejor.
(¿Quién es esta mujer?) Me pregunté, mientras el mozo figurín, descorchaba el champagne y servia en dos copas iguales, nuestro aperitivo.
Yo en mi corta vida, lo más caro que había tomado era un espumante blanco dulce. Y, ¿Por qué les digo esto? Por que la bebida que el mozo, tan profesionalmente estaba sirviendo, era Don Perignon. No sé si era caro o no, pero yo solo veía botellas así, en las películas, por ende, di por sentado que era costoso.
-La verdad- dije, mientras el mozo apoyaba las copas de champagne, una frente a cada uno, y ella daba las gracias. –Voy a pensar que me estaban esperando todos.
Ella rió. Se acodó en la mesa y entrelazó sus manos. Pude apreciar, un perfecto trabajo de uñas, además de un anillo de oro, con el símbolo del infinito en su dedo anular izquierdo.
(¡BANG!) Pensé. Supuse que no era casada.
Allí arriba, en el VIP, no había nadie. Así que tranquilamente, podría haberla puesto de espaldas sobre la mesa, levantado el vestido, y mientras mis manos presionaban hacia abajo sus hombros desnudos y tersos, penetrarla profundamente. Bueno bueno, me estoy yendo de tema. Es que eso mismo pensaba mientras la observaba.
-Es qué, todos sabían que venías-, me dijo muy tranquila. Luego, dio un leve sorbo al champagne. Yo quedé estupefacto, pensando que era una broma. Pero en realidad, todos me esperaban.
-Es que soy la dueña del lugar- concluyó, luego de haber quitado la copa de sus labios, y haber dejado en el filo, un pequeño beso Carmesí.
-¡Fantástico!- exclamé por el ruido, sin creerlo del todo.
-Es verdad. Lo compré hace como diez años. Lo reconstruí con ayuda de algunos diseñadores y acá está. ¿Te gusta?
-Esta muy bien. Un poquito lejos. Pero muy bien- dije con una sonrisa. Cuando iba a continuar, ella se me adelantó.
-Le dije a los muchachos que ibas a venir- me explicó. De inmediato, mi mente comenzó, como un disco rígido de computadora, a trabajar. Formulándome, una detrás de otra, una y cada pregunta de las cuales, hasta hoy, no encontré respuesta.
(¿Cómo sabían los de la puerta como era yo? Si tan solo les había dado el nombre. Por qué yo no le había enviado ninguna foto mía de cerca, como para que diera la descripción). Pensaba a miles de revoluciones por minuto. Hasta qué… qué me dijo algo, la oí entre el ruido, y volví a preguntar si había dicho algo.
-Qué el motivo por el que estas acá no es solo por qué deseábamos conocernos- repitió. La miré con atención y siguió.
-Yo te ofrecí mi ayuda. Y voy a dártela- me dijo.
Presté atención y apuré la bebida, un poco excesiva, pues vacié la copa.
Sus ojos chispeantes, me miraban excitados. Su rostro, había adquirido un gesto de negociación que me llamó la atención. De pronto.
Metió la mano en su bolso y extrajo de ella una hoja, del tipo A4. La puso sobre la mesa con vehemencia.
La miré, asombrado. Miré su rostro. Ahora se había puesto en posición desafiante, pero no dejaba de ser sensual.
Volví a mirar la hoja y le dije, casi sin aliento.
-Pero… pero está en blanco.
No acabé de decir la palabra blanco, cuando por debajo de la mesa comenzaron a salir cosas. Primero no entendía la situación. Luego comencé a preocuparme. Las cosas que salían a borbotones se transformaron en insectos que querían abarcar toda la superficie de la mesa. Di tal respingo hacia atrás que casi caigo con silla y todo, de no ser por Elena que me tomó de la muñeca. Ahí sucedió algo. Algo extraordinario.
Yo estaba totalmente lucido, pero era incapaz de mover un músculo, y mucho menos, articular palabra. Estaba paralizado de los pies a la cabeza. Y lo peor del caso era, que los insectos se convertían en hormigas Eciton, de esas carnívoras americanas, que tienen la cabeza del tamaño de una aceituna. Todas iban sobre el papel en blanco, para devorárselo. Y tuve la certidumbre de que estaba viviendo una de mis pesadillas, de esas que tengo a menudo. Son tan reales que las retengo en la memoria por largo tiempo.
Pero la puta madre, las Eciton eran bien reales, hasta me caminaba una por el antebrazo.
En el mismo momento en que ella toco mi piel, el miedo desapareció como por arte de magia. No podía pensar. No podía hablar, y mucho menos moverme. Esto si se estaba poniendo lindo ¿eh? ¿O no?
Las hormigas, en un ataque masivo al papel, se colocaron todas sobre el mismo, y ahí se quedaron. El papel, era un gran rectángulo negro.
Yo sudaba desesperadamente, y las gotas de la frente caían directo en mis parpados.
Ella me soltó y me dijo, sensualmente.
-Mirá, ahora ya no esta en blanco.
¿Cómo sabía que al soltarme no saldría corriendo como un pendejo asustado? Bueno, otra pregunta sin respuesta.
Miré nuevamente la hoja. Ya no estaba en blanco. Las hormigas Eciton, habían formado líneas. Con esas líneas, modelaban letras. Y con esas letras formaban una hoja escrita, como un cuento, y como titulo rezaba: CONTRATO.
No recuerdo cuantas preguntas me formulé en ese momento. Ni cuantas conclusiones me vinieron a la mente, hasta que se convirtieron en una maza amorfa, desapareciendo y dejándome en blanco. Un gran blanco en la mente.
-¡Quien sos!- le grité. Creo que grité de ese modo, por la fuerza que hice para hablar.
-Esteban, un tipo con tu imaginación, me extraña- dijo ella con una tranquilidad que me aterró peor.
Ya me imaginaba quien era. Pero era todo tan real, que parecía irreal. Era un cuento muy trillado. La típica. Se te aparece el diablo, te propone un trato, y vos decís. ¨Chupame un huevo, hijo de puta, ni bosta te doy mi alma¨ y después viene la parte que uno sale corriendo despavorido. Pero nada de eso ocurrió.
Delante tenía una mujer tan sensual como las propuestas del diablo, que había formado un contrato con hormigas Eciton, estaba lejísimos, y con monos patovicas dando vuelta alrededor. Pero, ¿saben que es lo más gracioso? Que todavía quería tener sexo con ella.
Yo no hablé más. Ella me explicó el contrato, de punta a punta, sin saltear cláusula alguna.
Me proponía: Ser el novelista más exitoso del mundo. Tener millones de ventas al año. Ser dueño de una suculenta cuenta bancaria. Pero, en todo contrato hay un pero. Y más con el diablo ¿no? Tenía que darle a cambio, no mi alma, si no, el alma de aquellos escritores con la misma ambición que yo.
Me quedó clarísimo. Ella haría de agente literario, yo debía darle clientes. Traer a escritores, y dejárselos servido en bandeja. ¿Mi alma? De mi alma no decía una mierda.
Mi ecuación no fue para nada difícil. Tan fácil como dos mas dos.
Extendió el ¨contrato¨ para que lo observara y revisara. No lo quise tocar, en principio. Luego lo leí, releí y di vueltas.
Como les decía, mi ecuación no era nada complicada. Hambre-pobreza-falto de oportunidades. Lo siento mucho por esos escritores que hoy, soy celebres. No sé que arreglo habrán echo ellos, pero yo hice el mío. Y con un plus.
Después de firmar el contrato. Qué ¿Pensaron que no lo iba a firmar? Quisiera ver alguno de ustedes, estar en mi lugar, con una mujer así en frente y un futuro tan prometedor. Se levantó de la mesa, tomó la botella de champaña, y me guió con su mirada. A decir verdad, me hipnotizo, no podía moverme, más que caminar detrás de ella.
Subimos por unas escaleras en espiral. Eran rusticas de piedra, al igual que las paredes. Entramos en una habitación tan lujosa que parecía el Waldorf. Una cama de tres plazas con velo blanco transparente, se erguía majestuosa en medio de la misma. La araña que pendía del techo era tan dorada que parecía oro puro.
Y allí, en medio de la habitación más lujosa que habían visto mis ojos, comenzó a quitarme la ropa, lentamente, con mucha sensualidad. Yo, como un muñeco de trapo, solo atine a acariciarle el rostro. Era de una suavidad exultante.
Me desabrochó la camisa. Botón por botón, y pensé.
(Para esto no hacia falta contrato)
Me fue retirando las mangas, hasta dejarme desnuda la parte de arriba.
Comenzó a desabrocharme el cinturón. Cuando se hubo agachado, pude ver sus dos preciosos pechos, enormes y bronceados. A esas alturas, en vez de roca dentro de los pantalones, tenía granito Egipcio. Era tremenda la erección que me había causado esa mujer-diablo, o lo que fuese, quizás la esposa del mismo, quizás su secretaria en asuntos legales, quizás su apoderada, no se, pero yo, estaba por tener sexo con ella. Pero iba a ser tan desesperado, que de sexo, iba a pasar a denominarse TREMENDA COGIDA. Y perdonen ustedes la expresión, pero eso es lo que iba a ser.
Quitó mis pantalones con la misma suavidad con que se venia manejando. Entonces, sentí la sensación más extraordinaria que puede sentir un ser humano. Puso mi pene erecto como piedra caliza en su boca. La sentí caliente primero, luego tibia, y muy húmeda después, hasta que comenzó a bajar y subir con una dulzura y desesperación que tuve que cerrar las manos en puño para no eyacular en su boca. También quería penetrarla, esto no me lo iba a perder por nada en el mundo. ¿Se imaginan? Me estaba cogiendo a la secretaria-apoderada del mismísimo lucifer. Era demasiado para un escritor muerto de hambre.
Era tal mi excitación que la levanté por los hombros y la besé. Mi lengua buscó su lengua y se entrelazaron ardientes. Mis fluidos y los suyos se encontraron. Ella me acariciaba la espalda, mientras mis manos iban directo por debajo de su vestido color nieve oscura. Sus glúteos y muslos eran perfectos, si esta mujer tenia, 18, 20 o 200 años más que yo, no me importaba en lo absoluto.
La llevé a la cama. Le quité el vestido de un tirón y ahí estaban, sus pechos perfectos y redondos.
Ella tomó mi falo con su mano (también estaba muy caliente) y lo introdujo en su sexo. Si todo lo demás estaba caliente, su interior hervía, pero literalmente, HERVÍA.
Ella debajo de mí, con las piernas muy abiertas. Yo encima, comencé a moverme, primero suavemente, luego con frenesí. Y seguí repitiendo los pasos. Lento-rápido-lento-rápido-rápido-rápido-rápido. Tuve que parar para no terminar.
Giramos, la coloqué de rodillas, luego encima de mí.
Sus gemidos eran tan intensos que me martirizaban y volvían loco de excitación.
Ambos transpirábamos por todos los poros, pero al darme cuanta que ella estaba acabando encima de mi, también vi como los zócalos de la habitación se incendiaban y el fuego subía por las paredes, como devorándose todo. No había humo, pero si mucho calor.
Ella comenzó a gritar de placer. Yo me acoplé. Y en cada uno de sus gritos, las llamas subían como enviadas a su antojo.
Al mismísimo instante de acabar, juntos creo yo. Las llamas comenzaron a devorarse todo. Subían y subían, cada vez más alto. Alcanzaron el techo, se hicieron con las cortinas y la araña del techo. La cama comenzó a arder. Se venían hacia nosotros, ella despreocupada, con su placer y mi miembro dentro de su ser, pero yo, ardería como loco si no salía, pero aun no había acabo, y comencé a penetrarla con tanta ligereza, que el cosquilleo subió desde mi escroto por mi estomago. Justo en el mismo momento en que las llamas me alcanzaban los brazos y la cara. Ardía más y más, entonces todo se volvió de un rojo furioso y de un grito, me golpeé la cabeza en el suelo de mi habitación.

Estaba todo sudado, los músculos tensos, y las sienes me palpitaban como queriéndose salir de mi cabeza.
Mi cuerpo tenía su aroma, y por muchos años permaneció en él. Impoluto.
Era todo tan real que no terminaba de creerlo.
A los dos días, sonó mi teléfono. Era una editora en donde yo había enviado una de mis novelas. Me anunciaba que quería entrevistarse conmigo, y me adelantó la firma de un contrato por seis novelas. Con un monto total de 6 millones de pesos en regalías de adelantos.
Al año, había vendido 3 millones de ejemplares. Mi vida cambio, y la de muchos otros, que no vienen al caso nombrar.
Increíble ¿No?
No sé si fue un sueño o no, pero hoy, después de tantos años, y tantos éxitos, ¿Quién puede venir a decirme que es un sueño y que no? Nadie, absolutamente nadie.
Total, la irredimible sensación de haberme acostado, o más bien, cogido a la secretaria del diablo, quedo impregnado en mis poros por muchos años.
Jamás volví a verla, después de mi sueño. Ni en ellos la volví a ver. Pero, no pierdo las esperanzas. Ella, tanto como yo, no debemos olvidar, que tenemos un CONTRATO firmado. Un hermoso contrato escrito con hormigas Eciton de America, de esas carnívoras y voraces, como Elena, la hermosa y sensual, la apoderada del maldito diablo.

Acerca de José Petracca

Novelista, cuentista y guionista de TV
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