Alma arrugada, plancha de juguete.

Ya estábamos todos formados para salir. Eran las nueve menos cuarto de la mañana y llegaba tarde. A las ocho tenían que estar, apurate, ¿trajiste la autorización? No, me dijo con los ojos llorosos. ¿Está tu papá en la puerta?, dale que tengo una para que me firme, vamos, vamos. El acto en el monumento se perfilaba bajo un cielo nublado y con un frío que; claro, esos ojos eran  ojos de frío, de mucho frío. Ezequiel no llegó tarde: lo trajeron tarde, en moto, con una remerita abajo del guardapolvo y debajo de un buzo como para septiembre, no como para junio de promesa a la bandera. El pelo le crece a pesar de los tijeretazos y la mugre, qué le iba a decir de la suciedad del guardapolvo. Nada, si tampoco tenía gorro, ni guantes y andaba con el cuello al aire.
Nos acercamos a la moto, casi se iba el padre. Le di el papel impreso y una birome arriba de la carpeta de tapa dura para que se apoyara. El hombre, tan desabrigado como el hijo, escribió su nombre en imprenta. Poné el tuyo, poné ahí, le dijo a Ezequiel señalando con un índice agrietado y uña enmarcada en carbón. De haber sabido le  completaba yo el papel. Se me arrugó el alma, se me achicharró la ansiedad, el apuro. El frío duele, por todos lados duele, de afuera para adentro y de adentro para afuera.
Entramos a la escuela, se agrupó con sus compañeros, algunos más o menos abrigados, pero protegidos más que él. Seguía nublado. Mi madre dice que los días que amanecen con neblina anuncian que van a ser soleados. Igual, me saqué el chaleco que tenía arriba del pulóver, abajo del guardapolvo, abajo de mi camperón relleno y con capucha. Me sentí miserable, mezquina. Pero el camperón lo iba a humillar demasiado.
¿Me llevás el chaleco?, yo lo voy a tener que llevar en la mano, ¿y si te lo ponés? Al principio no lo aceptaba, no es zonzo, los compañeros le dijeron que aceptara, si total hacía frío. Sí, un chaleco algo femenino, pero al menos el pecho lo iba a entibiar un poco. Seguí sintiéndome miserable frente a esa carita de frío y triste. Triste. Un niño triste es otra de las cosas que arrugan el alma.
Llegamos al monumento. Al  lado del río temí que las ráfagas heladas despedazaran esa esperanza de tibieza, la planchita de juguete con la que pretendí desarrugar un poco mi alma. Y el cielo se despejó, el sol mostró de verdad que es el poncho de los pobres.
Antes de volver, ya había podido sacarse el chaleco y me lo devolvió con una sonrisa, con algo de vergüenza, la que no tienen los que tienen en sus manos cambiar las cosas. Pensé, que la patria deberá devolverle en algún momento su promesa de lealtad.
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Acerca de Patricia Mónica Ferreyra

Rosarina, nací en el '69. Profesora de enseñanza primaria. Tengo algunas publicaciones pero casi todo está en mi blog Cosas del Ánfora Etrusca, allí comparto las columnas que publico en un periódico local, y textos variados, excepto mi primer libro (de difícil clasificación, tal vez dudosa) Biografía breve desautorizada de Epaminondas Chazarreta, de edición de autor, 2011, disponible gratuitamente en internet http://epaminondaschazarreta.blogspot.com.ar/ La segunda novela corta la publiqué solamente en la web, en http://soy-la-juana.blogspot.com.ar/ bajo licencia de Creative Commons, con el título Soy la Juana; decisión que tomé luego de no ganar otro concurso y con la convicción de que me es necesario obtener críticas constructivas. Hice un taller creativo literario con Carina Acosta y continúo como tallerista con Marcelo Costa, de Texto Sentido Rosario. Mis referentes: Poe, H. Quiroga, Cortázar, Dolina, Carina Acosta (Anata Nakami), entre otros.
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