Mi niña.

Mi niña.

El viento chocaba en mi rostro. Un ligero polvo intentaba cegar mis ojos. Mis pies estaban descalzos, dejé mis huellas en la arena. No me preocupe por el rastro.
En ese momento no lo entendía, pero ya no me preocupaba nada.
No podía pensar. Cualquier idea que se me ocurría, como venía se iba. Lo único en lo que podía pensar era en quien era yo. Pero eso solo me traía mas preguntas, que aquel viento arrebataba de mi memoria con la misma velocidad que la de un león matando a su presa.
Las preguntas no tenían lugar donde existir en mi mente.
En un momento todo se detuvo, el viento, el polvo, el tiempo. Recordé que ya nada me preocupaba, y deje de hacerme tantas preguntas sin respuestas.
Todo se puso en marcha otra vez. el polvo volvió a molestar mis ojos y el viento nuevamente golpeaba mi cara. Continúe caminando.
Me detuve. Había perdido la noción del tiempo. Delante mio vi un largo camino de huellas en la arena. Me tomo mucho tiempo pero al fin me di cuenta de que eran mis propias huellas.
¿Cómo llegaron mis huellas aquí? pensé. La pregunta floto en mi cerebro mucho mas tiempo que las demás. No encontré respuesta.
Una nueva incógnita surgió, esta vez para quedarse permanentemente flotando entre mis dudas ¿Dónde estoy?
Pensé y pensé, pero nada. No podía recordar nada.
Cansado me acosté en la arena y cerré mis ojos.
Una niña grito “Despierta papá, despertate!”. Abrí los ojos. De un salto estaba parado nuevamente en medio de la arena. No había nadie al rededor.
Me estoy volviendo loco pensé. Yo no tengo una hija ¿o sí?
Ya no podía mas, necesitaba respuestas y sabía que ahí no las iba a obtener.
“Papi… papi.. Despertate, por favor!”. Nuevamente escuche a esa niña, pero esta vez parecía que lloraba.
Aquellos desesperados gritos silenciaron todo a mi alrededor. De repente un viento, tan fuerte como un tornado, soplo. La arena me cegó. Caí al suelo y perdí la conciencia.
Al despertar estaba conduciendo un auto.
“Papá, apúrate que voy a llegar tarde al colegio”. La voz de la niña llego a mis oídos otra vez.
Mire a mi derecha y ahí estaba. Sentada en el asiento del acompañante, aquella pequeña, dueña de los gritos que escuche.
La mire nuevamente. Tenía una larga cabellera negra y unos hermosos ojos verdes. Era de unos trece o catorce años. Me miro y me sonrío.
Recordé. Todo estaba en mi mente nuevamente. Mi vida, mi familia… Recordaba todo otra vez.
“Esta pequeña preciosa es mi hija”, pensé.
Por Dios, nunca había estado tan feliz en mi vida.
Ambos nos miramos. Ella largo otra picara sonrisa. Continúe observándola.
Pronto aquella sonrisa hizo que todo dejara de preocuparme. Quite mi vista del camino.
Que gran error cometí.
Todo se volvió negro.
De un momento a otro, me encontré parado nuevamente en aquel lugar rodeado de arena.
Ahora ya se donde estoy, y comprendo porque llora mi pequeña.

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  1. Este relato está en la línea de nuestros sueños. Te invitamos a soñar con nosotros. Estamos armando un gran relato colectivo de los sueños que nos asaltan por las noches. http://www.jovenesescritoresrosarinos.blogspot.com

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