ANA Y ALBERTO

– ¡A ver vos, vestidito de seda verde!
La fiesta era predecible.
Señoras con siliconas alardeantes, señores de babas  culposas que miraban de reojo culos
prohibidos. Mucha hembra, mucho macho, mucho lujo,  demasiada comida, más bebida y mi autismo exacerbado que me paseaba como fantasma rechazando todo contacto humano.
– ¡A ver vos, vestidito de seda verde!
El dolor, la soledad y la tristeza que me dejó el final con Juan, y su adiós sin palabras, me clausuraban sin dejarme ir, más allá que lo indispensable. Escrutaba  mi imagen en cada espejo del salón, tratando de entender qué hacía este cuerpo dolido paseando por ese paisaje despreocupado y banal de esa fiesta. Acarreaba un gesto de abatimiento impreso en la cara alejando a cualquier señor dispuesto a pasar una noche divertida y chispeante. En cierta forma, ésto  me aliviaba y protegía.
–¡A ver vos, vestidito de seda verde!
En la insistencia, el llamado se hizo conciente. Perdida en mis pensamientos no había reparado que alguien me llamaba. Tuve curiosidad. Alguien había notado mi presencia, a pesar mío. Detuve mis pasos. No había hecho otra cosa que caminar como una enajenada toda la noche.
Di la  vuelta. A mi espalda encontré un señor de mediana edad; quizá tan mediana como la mía, pelado, armónico, bien vestido, y con ojos tan tristes  como los míos. Lo adivinaba cubierto por una coraza de odio, rencor y resentimiento; enmascarando alguna  tristeza.
– ¡Al fin  me escuchaste! Estás cambiada con el pelo teñido, pero igual te reconocí. Esa
melena negra te sienta bien, te hace más genuina. Te hace ser lo que sos. ¡Una negra de mierda!
Ese insulto tan directo como inesperado me sorprendió, sin llegar a  irritarme. Nada parecía irritarme o entusiasmarme. Seguramente, me confunde con otra, pensé. Preso de una verborragia intensa, en su discurso no había puntos y aparte. No me escuchaba, no se detenía. No me dejaba hablar para explicarle que no nos conocíamos
– Me extraña verte sola. Te sigo desde hace un rato. Se te ve  triste, quisiera que fuera por remordimientos; que tu culpa fuese tan grande como mi dolor. Te queda bien ese vestidito de seda verde, pero hagas lo que hagas y te pongas lo que te pongas siempre se va a  notar lo  que sos, una negra de mierda.
Este hombre que me maltrataba con tanto odio y pasión, me provocaba una curiosidad intensa.  Me miraba de una manera vacilante. A veces amor, a veces rencor. No supe que contestar. Tampoco, si debía contestar. Sólo lo miraba desde mi distancia autista.
– ¡Hablá! Decime algo, puteame por lo  menos. No soporto este silencio y esta mirada.
Esta calma. Mirá Ana, no sé qué carajo te pasa que no hablás, no es tu modo. Te advierto que no vas a  conseguir  nada con esta indiferencia. Estoy afuera, me echaste, ya no me podés manipular. Ya no me dejo. No más.
Ana, me confundía  con Ana. Envidié a esa mujer, por ser la dueña de este amor que permanecía intacto, a pesar del daño. Me conmovió su pasión. Pensé en Juan, en su distancia, su egoísmo,  y falta de compromiso;  en su acto final de cobardía. Su huída, sin al menos una explicación. Pensé en mí, en  lo que me había convertido para poder sostener esa relación tan lánguida como estéril. Sentí bronca y pena. Había resignado la pasión, la libertad, había comprado su lógica y había encerrado mi  alegría. Tantas veces desee volver a ser yo misma, pero había desterrado cada indicio, cada partícula de aquella que había sido, con tanto rigor y prolijidad, que, cuando volví por mí, ya  no encontré a nadie. Hubiese preferido ser esa negra de mierda antes que esta nada de nada.
– ¡A ver vos!…La de la vidita equilibrada, la del autito nuevo, la del departamentito a estrenar, la súper mujer, la que no deja de trabajar y facturar. Vos, la perfecta, explicáme ahora por qué no te bastó mi mundo. Mi mundito. Por qué me dejaste despedazándolo  todo, rompiendo todo. Haciéndome mierda; a mi, a  Albertito el boludito.
Se llamaba Alberto.
Ana y Alberto.
Me enternecía esta manera tan frágil de insultar. Disminuyendo. Como si minimizando pudiera hacer desaparecer  el dolor. Una delicada violencia adornada  con palabras pequeñas. Por un momento creí que sus manos me alcanzaban para pegarme, ahorcarme o abrazarme. Su cuerpo expresaba confusión y sus palabras sufrimiento. Le pedí con calma que me dejara sola; y obedeció, como quien está  acostumbrado a obedecer.
La  espalda de Alberto  me dolió  tanto como el portazo de Juan.
El desconcierto reemplazaba a la angustia. Volví a caminar ansiosa hacia ningún lugar en medio de una fiesta que no me incluía. La música sonaba para otros y otros bailaban despreocupados. Las risas eran apenas un ruido lejano y vago que no alcanzaba a contagiarme. Sin embargo, ya no miraba sin ver; mis ojos buscaban a Alberto. A la distancia todos esos hombres con traje negro y camisa blanca, se veían iguales, sólo conseguía descartar a los muy gordos, a los melenudos, a los muy altos o muy bajos. Me acerqué a la mesa para comer algo, mientras intentaba encontrar algún rastro de ese hombre que había conseguido inquietarme; que intempestivamente me insultaba y luego, obedecía. El mantel blanco bordado estaba desbordado de comida y de bebida. Todo era tentación, sensualidad y estética. Tanto banquete obsceno me perturbaba;  porque yo sólo quería una galletita con queso. Desilusionada recorría la vista por la Mousse de Atún, la Galantine de Pavita, el Vol-au-vent de Camarones, las Ostras, buscando una “Criollita” con cuartirolo.Al levantar la vista de los manjares ofertados choqué con los ojos de Alberto que me miraban en silencio y con odio, desde la  otra punta de la mesa. Miré extrañada su boca  que gesticulaba  algo ostensiblemente, y  sin emitir sonido. Esa mímica exagerada  escondía  otro insulto destinado a mí. A Ana, exactamente. Leí sus labios que modulaban  abierta, silente e insistentemente una vez tras otra:
¡N e g r a d e m i e r d a n e g r a d e m i e r d a n e g r a d e mi e r d a!
En su cara rondaba un contradictorio gesto de indiferencia, mezclado con rencor; simulando cantar su insulto, mientras chasqueaba los dedos de su mano, siguiendo el ritmo de la música. El pie acompasaba; y sus ojos me miraban tan profundamente que no me dejaban pestañear.
Me hizo gracia su inocencia ,esa manera de travestir el agravio  hasta convertirlo en una pieza de Gershwin.
La noche avanzaba y la fiesta se desmadrada alrededor nuestro. Borrachos vomitando en los ángulos del jardín, mujeres arrojadas con sus lujos en la pileta, sostenes sumergidos dentro de las poncheras siempre llenas, pechos que se soltaban de los escotes dejándose libar por lenguas alcoholizadas. Todo era tan desatinado como mis ganas de galletas y los insultos de Alberto.  El mundo había comenzado a enloquecer y el descontrol salpicaba mi vestidito de seda verde.
El contraste entre el pudor de sus insultos mudos y la escenografía orgiástica que nos envolvía, era delirante. Alberto seguía parado al lado de la mesa mirándome y gesticulando su blasfemia, sigilosa como una novena.
Atraída por su perseverancia, su dolor, su amor y su inocencia, me iba acercando sin otra intención que acercarme. Ausente de pensamientos, y de palabras, desnuda de estrategias. Me detuve frente a él y sostuve su silencio. Dejó de mover su boca sin sonidos.
Me gritó, ya sin importarle Gershwin, los otros o la compostura:
– ¡NEGRA DE RE – MIERDA!
A nadie pareció importarle. Nadie pareció escuchar. Cerró sus ojos en un gesto de encierro. Lo miraba con curiosidad, y a la vez con interés, ya no había marcha atrás, me había  involucrando con este señor, que me confundía con otra, y del que yo no sabía nada más que lo que necesitaba creer de él. Me acerqué aún más.
Miraba sus ojos cerrados, su cuerpo tieso.
Sin importarme nada, le dí una  bofetada  potente y justiciera que sonó a circo en su mejilla, dejándola marcada y vibrante. El desconcierto y el susto abrieron sus ojos con desmesura. Me miraba sin comprender y a punto de llorar. En ese acto, le pegué a Alberto por sus insultos, a Juan por su ninguneo, a mi padre por su desamor, a mi hermana por su ausencia y también, al coreano de la esquina de la oficina, por estafarme todos los días con el almuerzo. Y a mí misma; por no saber preservarme del daño,  por no poder conservar mi
lugar y disfrutar del juego que nos propone la vida cada día, cada hora.
Me abrazó con torpeza, dentro de un espasmo compulsivo. La sorpresa tomó mi cuerpo que
se dejó abrazar. Sentí que después de tanto andar sin destino, había llegado a casa. El abrazo se iba haciendo cada vez más amable y confortable.  Esos brazos  me construían un refugio. Cabía justo dentro
del envoltorio de su abrazo. Estaba tibio, y la presión de su cuerpo en el mío era tan delicada que acariciaba. Sentí un alivio liberador. Mis labios soltaron sus ataduras y sonrieron tímidamente para luego lanzar simples y rotundas carcajadas
–  ¿Vamos, Ana?
–   Sí, Alberto.
Sus ojos me miraron limpio y asombrados. Nos alejábamos entrelazados, entre los saldos de la fiesta; y con un cierto toque puritano pensaba que esa  gente había perdido toda cordura; y mientras escuchaba a Alberto prometerme un baño de espuma en su bañera, admitía que yo también, había abandonado mi locura.

Acerca de Lucrecia Mirad

Soy arquitecta y escritora. Dirijo y coordino el taller Laboratorio de Autor. En los veranos leemos en la Pretemporada Literaria. Escritora de novelas y cuentos cortos. Tambien incursiono en textos ensayísticos y por respeto a la poesía, ni lo intento. Batón y Poder, Fragmentos, Crimen en el Pasaje y Crónica de una Resurrección se llaman mis novelas. Tengo premios por cuentos cortos y muchos de ellos estan compartiendo antologías nacionales e internacionales. Nací en Casilda, viví en España y en Italia, y ahora en Rosario. Mi sangre árabe me hace nómade y mi sangre catalana me hace austera. Soy una alquimia de Mayo francés, hippie recargada, madre too much,compañera de mi compañero y terca. Soy tercamente optimista, por eso estoy aquí.
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