VUELVO

Vuelvo. Como volvemos los viejos. Viejos.Vuelvo viejo. En ese estado de presencia-ausencia tan cercano a la muerte.Vuelven mis pies con zapatos; los mismos que se fueron sin medias y con zapatillas de lona, rotas pero no sucias, esa maldita mañana de otoño.

Mis zapatos llevan y traen a mis pies; y ahora me caminan por el campo. Indiferentes. Como si fuera su deber, como parte de un hábito inexistente.Porque ya no tengo rutinas y apenas tengo zapatos. Si usara zapatillas de esas de cuero, modernas, no estaría tan seducido por morir. Siempre pensé que los viejos que usan zapatillas deportivas son
eternamente jóvenes. Tenazmente vitales.

O bien tienen callos plantales.

Llevo zapatos negros con medias negras lisas, medias de viejo. Con cordones negros de
doble  trenzado en redondo; algo ajados e impecablemente lustrados. Con taco de goma recién cambiado. Media suela, no. Ya nadie hace media suela.

Zapatos correctos, formales, como el saco azul, el pantalón gris oscuro y la camisa blanca. Corbata bordó, sin dudar. Discreto. Tan discreto como absurdo y deprimido. El
campo con zapatos y corbata, se hace ajeno. Quizá por eso vuelvo así, por ese
estúpido placer de sufrir dos veces.

Escapo a la pregunta ¿Por qué vuelvo? Sin embargo, sé la respuesta. Vuelvo a casa, o la lo que queda de mi casa.

Sólo una palmera.

Porque mi hermano ordenó demolerla cuando nos fuimos de la chacra, a esa casa tan mínima como triste en las afueras de Rosario. No nos avisó. Mamá no hubiera querido que la demolieran. Papá ya estaba muerto. Mi hermano nos mentía diciendo que él se encargaba de cuidar que todo estuviera bien. Y que el padre de Helenita se ocupaba de regar las plantas, por si mamá quería volver. Sabía que no volvería. No podría sin papá.Él me lo confesó al morir mamá. Hasta se podía advertir un cierto orgullo en el relato. Argumentó que había tenido miedo que la ocuparan y perdiéramos la propiedad en un  juicio de desalojo imposible de ganar. Yo digo que tenía miedo que el olor a pasto y bosta se le encimara a sus perfumes de free-shop. Abogado. Se alivió cuando me lo dijo. Eso también se notó. Sólo le importó su alivio, no vio mi tristeza. Y si la hubiera visto,
tampoco le hubiera importado.

Como un rito caprichoso, vuelvo. Tomo un colectivo hacia Buenos Aires y me hago dejar en el kilómetro 234. En el borde mismo de la ruta. Donde el asfalto se hace flecos trenzados entre la gramilla de la banquina. Apenas bajo, respiro hondo y huelo. Huelo a nada. La sal no sala, el azúcar no endulza y este aire ya no huele a nada. El pasto está seco y no hay más bosta. Ni chanchos, ni caballos, ni vacas. No hay risas, ni olor a comida.

Mis zapatos se llenan de ese talco gris de la tierra que vuela llevada por el viento. No es el
Pampero, tampoco el viento Sur. El viento del tráfico de la autopista. No se huele a vida. Ya no hay cachivaches de familia, ni banderines de ropa tendida. El ruido a motores empecinados molesta mi memoria. Mi memoria empecinada. Camino despacio por los pastos pinchudos; dejo que los abrojos secos adornen mis medias negras.

Camino despacio, o tan rápido como puedo, que es lo mismo.Me espera la palmera, sin horarios, sin apuros. Tampoco es cierto que me espere. Ella está. Está y basta.

Dentro de un maletín mentiroso llevo mi almuerzo. Siempre el mismo equipaje, siempre
el mismo maletín, como mis zapatos y la corbata. Llevo un sándwich de mortadela
envuelto en una bolsita plástica, de esas de supermercado y también tengo dos
manzanas en otra bolsita igual. Una petaquita de jerez y tres servilletas de papel. Me gusta el jerez. En un bolsillo del maletín siempre habrá otra bolsita plegada en cuatro para guardar la basura.

_“¡¿Ay, Antonito, por que tirás los papelitos en el piso?!”

La voz de mamá me acompaña siempre que vengo. Siempre que voy. Siempre. Me espera en el asiento del colectivo y viaja conmigo hasta la palmera. ¿Te lavaste los
dientes? ¡Mirá que uñas sucias tenés! ¿Por qué no comés? ¿Otra vez te peleaste
con tu hermano? ¡Dejá a Helenita tranquila!

Es un hermoso día de otoño. Como el de nuestra partida. Sin viento, sin el sofocante calor del verano. Camino sin sentir mis pasos. Hago muy poco ruido. No me alcanza la fatiga. Me lleva el corazón abierto que deja escapar los sonidos y los olores de mi infancia. El ñiqui-ñiqui del pedalear de la bicicleta vieja y oxidada que me llevaba heroico por el patio. Y Helenita, la criada, buscándome con sus ojos grises mientras baldea descalza.

El golpe de la maza de madera en la cocina donde mamá y la tía Beba aplastaban los bifes de vaca vieja hasta convertirlos en ternera molida a palos. Y los ojos grises de Helenita mirándome mientras obedecía órdenes de mamá y la Tía Beba.

El olor a pasto fresco y al cuerpo joven de Helenita, con lo ojos cerrados de placer y de vergüenza. El olor a dulce de naranjas en la cocina a leña. Y los ojos grises de Helenita cerrados por el picor de las lágrimas y del alcohol de las cáscaras de naranjas guachas.

Esta palmera soy yo.

Me reconozco en ella. Solo, resistiendo al tiempo, guardando recuerdos. Tenaz. Enraizado en un pasado blando y terco en un presente pobre de jubilado de periodista de morondanga.

Me cansa el andar desparejo por la tierra seca, aterronada por el sol y la ausencia. Cuando llego a la palmera, llego a casa. Un alivio parecido a una caricia me conforta el cuerpo envejecido de tantos años de oficina y sumisión.

Palmera sola, sin brotes ni retoños. Sola y desolada; árida, dura, rígida.

Solemne en el medio de una pampa que le cuesta reconocerla como hija.

Me siento como puedo, no me importa ensuciar el pantalón. Ni el saco. Quizá ya no importe nada. Acomodado en la parte mas ancha de su base y recuesto mi columna endurecida y vieja, en su tronco recto y sólido. Cierro los ojos y me dejo dormir hasta que el sol caliente mis párpados para anunciarme que llegó el mediodía. La hora de comer.

Me duermo con la paz de quien vuelve a casa
después de un viaje largo. O como quien viene a morir en brazos de su madre.

Me duermo hasta que el ruido de un paso de caballo me despierta. Un caballo overo y macizo me está mirando desde su animalidad curiosa y a la vez ajena.

Unos ojos grises de mujer joven me miran desde una montura pobre y andrajosa. Me miran atrapados por un flequillo demasiado largo y una juventud demasiado pura.  Me
siento descubierto, en falta. Me avergüenzo de mi paz y mi abandono; todo mi
cuerpo se crispa intentando una pose urbana. Erecta, civilizada.

Un viejo avergonzado es un pecado de muerte.
O de vida.

La muchacha no entiende mi apuro por pararme. Desde su limpieza de pensamiento me pregunta, fresca.

_“¿Se siente bien, abuelo?”.

Me duele lo de “abuelo”. Respondo un sí, sí, apurado y molesto. Los ojos
grises me sonríen desde arriba y se van como vinieron. Naturales y sinceros,
como los de Helenita.

Un dolor en el pecho me tumba de nuevo contra la palmera. El dolor se me instala en el estómago y decido que es hambre. Abro el maletín, que vuelto a cerrar sirve como mesa de campaña. La mortadela llama a mi saliva que irrumpe generosa en mi boca. Un traguito de jerez me pica dulzón y seco, mezclándose con el clavo de olor del fiambre y el sabor neutro
de un pan que ya no es como era antes. Cuando la tía Beba lo horneaba en el fondo de la casa. El hambre se va yendo de a poco No quiero las manzanas. Disperso las miguitas por la tierra y enseguida vienen los gorriones; y el dolor en el pecho se transforma en sangre viva corriendo por mis venas.

Sonrío, como hace años no sonreía. Sonrío
queriendo sonreír. Sonrío sinceramente y no con esa mueca fingida y trabajosa
que sólo son músculos que se esfuerzan en levantar la comisura de los labios.Sonrío como quién agradece el sol del mediodía. Y esos ojos grises. Me dejo dormir una siesta. Faltan tres horas para que otro colectivo me recoja del otro lado de la ruta. Me duermo con una
sonrisa tan leve, que sólo yo sé que existe.

Sueño y siento  que la sangre vuelve de a poco a mí; sorteando el colesterol, saltando las arritmias. Y tus ojos, Helenita, tus ojos que me acompañan frescos como nunca y me aseguro que mientras existan ojos así, cualquier pena, vale la pena.

Lucrecia Mirad

Acerca de Lucrecia Mirad

Soy arquitecta y escritora. Dirijo y coordino el taller Laboratorio de Autor. En los veranos leemos en la Pretemporada Literaria. Escritora de novelas y cuentos cortos. Tambien incursiono en textos ensayísticos y por respeto a la poesía, ni lo intento. Batón y Poder, Fragmentos, Crimen en el Pasaje y Crónica de una Resurrección se llaman mis novelas. Tengo premios por cuentos cortos y muchos de ellos estan compartiendo antologías nacionales e internacionales. Nací en Casilda, viví en España y en Italia, y ahora en Rosario. Mi sangre árabe me hace nómade y mi sangre catalana me hace austera. Soy una alquimia de Mayo francés, hippie recargada, madre too much,compañera de mi compañero y terca. Soy tercamente optimista, por eso estoy aquí.
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