Pidiendo Paz

 

Por Margot Kliforwie

 

Yo estaba desesperado, con el chaleco salvavidas, y mi hijo debajo del brazo; casi ahogado.

El cuerpo laxo pesaba como mi conciencia.

En la playa le hice respiración boca a boca y masajeando su corazón logré salvarlo.

No era sólo él que volvía a respirar, también yo, aunque mi conciencia seguía en la asfixia.

Para Dios nada es suficiente.

Lo llevé con su madre, sin atreverme a mirarla; partí.

Después vagué, medité, escuché a mi padre: “Salim, tu destino tiene que ser diferente al mío, entrega todo de tí.”

La puerta estaba abierta.

Volví a escucharlo en cada una de las bocas, desconocidas bocas, aunque no extrañas.

Fuimos unidos, lo seguiríamos siendo.

Salí pensativo, aullando el motivo.

 

La latita de gaseosa giraba golpeando la acera, el cemento se aturdía con el ruido
metálico. Me hacía recordar aquella película donde se casaba una pareja de enamorados, y enganchadas atrás del auto una docena de ellas chocando disonantes, anunciando a todos la mayor de las felicidades.

El recuerdo regresaba purificado, brillante en los detalles.

Volví también a ese día, cuando me reuní con ellos por primera vez.

Ahora, recién ahora, entiendo que mis creencias eran débiles, aunque no se fortalecieron con las de ellos.

Me sentí obligado, eso es todo, por alguien, algo…no lo sé.

Y debí aparentar que lo que voy a hacer es importante e imprescindible, para todos.

 

La latita giraba hacia el otro lado, golpeaba los listones de los desagües produciendo sonidos más graves, ahogados entre sí como un secreto.

Y los sonidos guturales de mis ancestros eran la orquesta que acompañaba a estos, particulares, actuales lamentos.

 

¿Lo que recibí de ellos habrá sido tan destructivo como lo que haré?.

Mi conciencia, tan pesada, bajando hasta la axila.

Debajo del brazo el Corán.

Mi axila abultada, pesando como mi conciencia.

Inhalé y comprendí que nada había cambiado, salvo que yo no era el mismo.

 

La latita había caído en un charco, daba vueltas como un barco entorpecido, su voz
callada…

Mi carga era la de todos mis hermanos, una carga extrema de ideas muertas…

El chaleco salvavidas transformado en matavidas cuando escucho el “click” antes de la explosión.

24 de diciembre 2012

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