Dicen que quienes la han visto ríen hasta las lágrimas y mueren ahogados. Por ese motivo, La Carcajada es una mujer a quien no se puede y no se debe mirar. Su belleza se relata desde tiempos inmemoriales, por eso su aspecto varía según las modas de cada época. Pero lo que no ha variado es su carcajada. La leyenda también recomienda no escucharla.
Juan era un joven temerario. En el pueblo era conocido por hacer estúpidas apuestas que ganaba a fuerza de práctica y tesón. Cierta vez apostó que podía enredarse las piernas por detrás de la nuca. Siendo enano, la risa general hizo que los apostadores le pagaran solamente por haberlos divertido tanto mientras lo intentaba.
Una mañana, entró al bar del pueblo y anunció a viva voz, un nuevo reto. Los parroquianos que estaban de pie bajaron la cabeza y los otros se levantaron para poder verlo por sobre las mesas. El dueño, detrás del mostrador lo miró por el espejo inclinado que colgaba sobre la puerta de entrada y reflejaba todo el salón. Juan se subió a una silla, de ahí a una mesa, carraspeó, echó una mirada desafiante a los concurrentes y, levantando y moviendo los bracitos, mentón en alto, dijo:
-Voy a enfrentar a La Carcajada.
Todos en el boliche se quedaron con la boca abierta, los que estaban masticando lupines y aceitunas y los que escupieron el vermouth por la sorpresa. Eso era cosa seria.
-¡Dejate de embromar!- gritó uno. –Una cosa es que nos hagas reír con tus ocurrencias pero otra es arriesgarte y terminar en el cementerio, pero mirando desde abajo, digo,- y señaló con el índice el piso- más abajo.
No fue el único que intentó hacerlo desistir de la idea.
-Con eso no se juega- dijo otro cuando pudo terminar de tragar los palitos salados que se le habían empastado entre los dientes.
-Nadie que la haya visto contó el cuento- dijo Juan, sin darse cuenta que estaba siendo ambiguo.
Ahora sí se rieron, este Juan, decían, no tiene cura, es un caso de escopeta. -¡Claro que no cuentan el cuento! ¡Ese es el asunto!- gritaron varios casi a coro. Juan trató de explicar que lo que quiso decir, era que nadie que estuviese presente podría dar fe de la existencia real de esa mujer, o fantasma, o lo que fuese. Los que transmitieron la leyenda y aseguran que esa presencia es cierta, hablan de lo que les contaron, pero nadie fue testigo presencial. Por eso, la conclusión no se hizo esperar.
-La Carcajada no va a matarme de risa, porque no existe.
-¡Ah, bueno!- dijo uno socarronamente. -¿Entonces la Llorona tampoco?
-Tampoco. Son puro cuento- retrucó Juan con sus bracitos en jarra.
-¿Y el sátiro del cementerio? ¿Eh?- dijo don Cosme, que aseguró haberlo visto cincuenta años atrás, huyendo a los saltos entre las tumbas una de esas tardes en que su mujer cumplía el ritual diario de llevar flores. Justo ese día, la quiso sorprender. La fue a buscar y menos mal que lo hizo, porque la encontró toda desaliñada y un poco excitada y lo recibió al grito de ¡el sátiro!, ¡el sátiro! mientras el tipo salía corriendo sin dejar rastros. Sin embargo, la pobre que en paz descanse, seguía yendo para cumplir con sus muertos. Los parroquianos se miraron. Era conocida la historia de don Cosme y el verso de doña Hermelinda. Juan, simplemente reiteró:
-La Carcajada no va a matarme de risa.
-¡Vos a nosotros nos vas a hacer morir y no de risa!- dijo uno que tomó la palabra. –Mirá pibe, vos sabés que acá te apoyamos siempre. Como cuando se te trabó el casco de Felipe en la cabeza porque dijiste que te lo podías poner y sacar tranquilamente, y sabíamos que si entraba no salía, ¡no salía! Felipe te tuvo que llevar en la Puma hasta el hospital y terminaron serruchándotelo puesto. Siempre te apoyamos. Pero no te vamos a seguir la corriente con esto.-
De pronto, alguien pidió silencio y dijo:
-Acepto la apuesta- a esa voz la conocían todos en el pueblo. El cura había entrado mientras estaban distraídos con Juan, que seguía subido a la mesa. Tenía por costumbre ir a media mañana a tomarse una Hesperidina y jugar un rato al Tute cabrero, pero se encontró con la discusión en pleno desarrollo. –Juancito siempre se sale con la suya- dijo dirigiéndose a todos y luego, a Juan,- te doy quinientos pesos si te enfrentás a La Carcajada y no te morís.
-¿Y cómo vamos a saber si la vio o no, si no vamos a poder estar ahí ninguno de nosotros?- uno de los parroquianos se atrevió a increparlo al cura. Y explicó: -La leyenda dice que no se pue-de ni se de-be verla ni es-cu-char-la.- ¿Quién se va a animar a ser testigo, y encima que sea confiable y no arregle con el petiso?
-Yo- contestó el cura.
Palabra santa. La autoridad del cura era indiscutible, pero apostaba demasiado. Así que, el dueño del bar se encargó de bajar la cifra y tomar las apuestas para que, llegado el momento, todo estuviese en orden. El día no podía precisarse, había que esperar que apareciese. Juan quería cumplir el reto y cobrar cuanto antes, pero no había calculado el detalle del tiempo que le llevaría.
La Carcajada podía aparecer pronto o tal vez demorar años. Se sabía que merodeaba por los velorios de gente que no había confesado sus más ocultos, vergonzosos, condenables secretos impunes. El cura estaba seguro de que no iba a ocurrir nada. Él se encargaba de confesar a sus feligreses a diario. Con sus métodos, se aseguraba conocer los secretos de todos para que cumplieran su sentencia de oraciones frente al Cristo y a la virgen. Solamente había una persona en todo el pueblo que no pisaba jamás la capilla y decía que todo eso de la iglesia era un circo: Juan.
Esta vez, para el cura era algo personal. Los únicos velorios que ofrecerían una oportunidad para la aparición, serían el suyo y el del intrépido enano. Pero eso no se lo dijo a nadie.
Hasta el día de hoy, la leyenda sigue viva y la apuesta continúa en pie. El sacerdote hace su trabajo normalmente: bautiza, confiesa, casa y entierra gente sin inconveniente alguno y Juan sigue asistiendo a todos los velorios para ver si, de una buena vez, logra cobrar algunos pesos. Mientras tanto, se las rebusca con retos más inmediatos.
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Post original en Cosas del Ánfora etrusca
