UN LUGAR PARA FRANCISCO

Sus botas gastadas en los talones le describían a cualquier buen observador, su oficio. Sus manos ásperas no soñaban ya con acariciar la piel de una mujer. Su espalda, un poco encorvada, le dolía hasta sentir correr el sudor por su frente agrietada.

Por estos últimos meses se había notado viejo, cansado, y la idea le daba vueltas con ganas de tomar posesión y quedarse bajo su sombrero de cuero seco y ajado. Además, la estación del ferrocarril estaba casi terminada; el trabajo, con seguridad, iba a mermar. No se acercaban ya viajeros solitarios o aventureros, ahora transportaba a las familias que iban a instalarse y éstas preferían la comodidad del tren inglés, pensaba.

Tantos blancos había cruzado el desierto con su carreta que los conocía muy bien… “Son ventajeros y soberbios”, repetía, mientras se desataba el pañuelo y lo pasaba con vehemencia por su frente, volviendo solo para los caseríos del puerto.

No pertenecía a ese pueblo, ni a esos hombres. Quizás su vida era esa extensión inmensa y árida sin dueño. Donde lo sorprendía la noche, allí hacía la parada y dormía bajo el cielo conocido. Entonces, podía oírlos, a la distancia, tímidos ecos de tambores nocturnos, voces que despertaban su sueño de una civilización más santa. Cerraba sus ojos, soñaba vivir entre ellos, y se le dibujaba una sonrisa que se confundía con el mordisqueo de un tabaco ya gastado.

Una sola vez había tenido el coraje de acercarse… y lo habían visto. En una fracción de segundo guerra y paz, pasado y presente, hombre y destino se cruzaron. Francisco no pudo olvidar nunca ese rostro noble y rudo, con pinturas bajo los ojos.

Aquella tarde, sin dudas, no era como otras. Una sensación de inquietud corría por sus fuertes brazos acostumbrados a los tirones del caballo y se instalaba en la boca del estómago. El parloteo de dos adolescentes maleducadas y quejosas salía del interior de la carreta.

El sol comenzó a agrandarse, sus sienes palpitaban a punto de estallar, cuando en un instante, dejó de sentir la tensión de su fiel amigo en las riendas, las voces se escucharon cada vez más lejos. Polvo, aridez, noche… El tiempo se detuvo.

Nunca supo en realidad cómo llegó hasta allí, posiblemente fue una mutua observación de años, una muda y respetuosa comunicación.

Muchas lunas pasaron hasta que abrió los ojos, y un cadencioso lamento melodioso y armónico de tambores lo condujo desde las profundidades hasta su hogar.

Un hogar sin botas ni rostros rosados, un lugar de tierra noble y pobreza, un lugar de lucha por la constante desposesión de lo trabajado durante siglos, un lugar de honor y sabiduría, un lugar para Francisco.

Acerca de Patricia Bottale

Profesora de Historia. Investigadora área de historia y literatura de la Universidad Católica de Rosario. Escritora: ensayos, antologías, narrativa y poesía. Colaboradora de revistas nacionales e internacionales. Directora de los talleres literarios de escritura en la librería El Ateneo, en el espacio de diseño y cultura“Si supieras, vida mía” y en Sancor Seguros, Broker del Boulevard. Responsable de los micros de literatura de los programas de radio y TV. Escritora de prólogos y correctora de libros. Cursos de Redacción Bolsa de Comercio, Fundación Libertad, Colegio de Escribanos (Rosario y BsAs), y Taller Literario en Patio Bullrich BsAs. Su último libro fue prologado por el escritor Marcos Aguinis, y es autora de la obra “Un lugar para Francisco”, Gala del Bicentenario.
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Una respuesta a UN LUGAR PARA FRANCISCO

  1. muy buenas acabo de enterarme de tu pagina web y la verdad es que me parece excelente no sabia de mas personas interesadas en estos temas, aqui tienes un nuevo lector que seguira visitandote mensualmente.

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