Resquicios (LA HUMEDAD Y OTROS CUENTOS)

Resquicios

 

 

Llegó de noche, como llegan todas las cosas importantes. Lo encontré en medio del patio, casi arrugado, casi desdibujado por el frío. Lo levanté con mis dos manos y lo llevé a la cocina. Sobre la mesada hay un frasco grande, de esos de mayonesa de cinco kilos; lo puse adentro. Me dijo que solo le gustaba el agua tibia en pequeñas cantidades. Que yo iba a saber cuando tuviera sed. Dejé una pequeña luz encendida porque me di cuenta que la luz le molestaba. Me prometió que en pocos días estaría bien y podría dejar que se fuera, de noche, como había llegado.

Yo le hice prometer que se quedaría en el frasco, donde pudiera verlo.

Los primeros días fueron tranquilos, como si nada hubiera cambiado, pero yo sentía una extraña alegría de persona acompañada. Cada tanto miraba sobre la mesada para asegurarme que él estuviera adentro, quieto.

El problema comenzó cuando decidió salir y recorrer los sitios de la casa. Nunca estaba segura, ignoraba dónde iba a aparecer. Detrás de la cortina, apoyado en los vidrios como una gran mancha negra. En un ángulo esquivo, detrás de un sillón o debajo del ropero, asustándome de imprevisto con su presencia. Hasta temí pisarlo.

–Te dije que te quedaras quieto.

Pero las cosas empeoraron cuando quiso salir y acompañarme. Lo escondí debajo de la solapa del tapado y subí al tren como todos los días. Yo podía comprender que no quisiera estar solo en la casa con el silencio, por eso accedí a llevarlo, pero con la condición de que no asomara ninguna parte de su cuerpo afuera de mi abrigo. Demasiados carteles advertían “No se permiten niños ni animales pequeños”. No tardé en acostumbrarme a su compañía y a su calorcito húmedo sobre mi pecho. Yo no sabía lo que era cuidar a alguien. Además, si el agua tibia era su alimento, no entorpecería mis tareas ni los horarios, y si obedecía hasta podría quedarse un tiempo más.

Durante el invierno estuvimos bien, pero se acercaba la primavera. Las noches no eran tan frías, y esa humedad que venía desde afuera con el aroma de los azahares y la madreselva enroscada cerca de la puerta metiéndose en la garganta, en el estómago.

 

Ya no se lo veía contento, y eso que yo había pintado sobre el vidrio del frasco pequeñas frutas y flores para que no insistiera en salir y andar por ahí en medio del peligro. Nunca habló del lugar de donde venía y yo no pregunté. Debe ser muy lejos para que llegara hasta aquí en ese estado. Ahora está más grande, con tanta agua y abrigo. Ahora tengo miedo de que quiera irse. Mientras duermo, lo escucho deslizarse por el granito, bajar hasta el piso y llegar al patio, aún con la puerta cerrada. No puedo estar tranquila, en el patio están los gatos de los vecinos que no saben de límites. Quizá la humedad de las plantas moteadas por el rocío le produzcan más placer que mis cucharadas de agua tibia. ¿Y si le pinto un río? Es bueno quedarse en alguna orilla. Le pongo música, “Claro de luna”, y entonces se adormece contra el círculo transparente del frasco. Hace varios meses que no abro las cortinas, la luz lo arruga y lo envejece. Tengo que controlar que no salga porque se me pierde entre las ramas y después le cuesta acostumbrarse a su pequeño espacio.

Ahora pongo trapos debajo de las puertas y libros apilados sobre las rejillas, cubro las piletas, tengo todo controlado.

Le doy menos agua para que no crezca tanto (no sabría donde ponerlo).

Pero igual sé que él ya no quiere quedarse, ya no me necesita, humedad en esta época del año se puede encontrar en cualquier parte. Estoy pensando como era antes, antes de vivir con alguien. Antes de tener las ventanas cerradas. Tanto sacrificio, él no lo sabe, cómo iba a saberlo.

Hoy, revolviendo, en el último cajón de la mesada, encontré la tapa del frasco, me sentí más aliviada, hace tiempo que debí encontrarla.

Acerca de Marina Giménez Galleano

Nací en la ciudad de Santa fe el 7 de marzo de 1961, a los diez años nos trasladamos a la ciudad de Córdoba por razones laborales y hace dieciseís años vivo en Villa maría pcia. de Córdoba. Escribo desde pequeña. Pero desde que me mudé a Villa María trabajé muy duro para crecer en el arte de la palabra, tuve como maestra a una gran escritora villamariense y también realicé cursos y seminarios sobre escritores como Borges, Roberto Arlt, Cortázar, Pizarnik, Girondo, algunos clásicos(shakespeare, Proust, Hermann Hesse etc...) todo apoyado con la lectura siempre necesaria y nunca suficiente. En el año 1998 publiqué mi primer poemario "La morada y el pájaro" Edit. Argos Cba, luego vino 2008 "La puerta" edic. de autor, 2009 "Cáliz de arena" EDUVIM (Editorial de la Universidad Nacional de Villa maría), 2010 "LA HUMEDAD Y OTROS CUENTOS" Seleción de cinco de un libro de quince textos, en el marco del Plan Nacional De Lectura Editado por el Ministerio de Educación de la Nación en una publicación que se llamó Palabras de Villa María. He participado de varias antologías, la última 2009 "Voces de este río" EDUVIN. Trabajo hace doce años como tallerista en dos hogares de niños en situación de riesgo como promotora de lectura y escritura (realicé curso en la UNC), he participado como expositora en dos Congresos LIJ, con trabajos acerca de la experiencia de escritura de los niños siguiendo el proceso de casos puntuales en los talleres a través de los años. Espero seguir aprendiendo de la palabra dicha y también de la que no se dice y está en los ojos de los niños con los que trabajo sabiendo que la lectura no es solo decodificar sino mucho más.
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Una respuesta en “Resquicios (LA HUMEDAD Y OTROS CUENTOS)

  1. Ah, qué lindo sería despertar un día y descubrir que uno no necesitó de tapas ni de flores pintadas para que quiera quedarse ahí, sin esfuerzos, naturalmente, como si siempre hubiera estado dentro y no hubiera un sitio mejor donde estar. Me produjo muchas sensaciones tu texto, gracias por compartirlo…

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