Obsesión

Otra vez, la mañana había llegado sin prisa. Prestó atención: aún despierto, su respiración sosegada era indicio de un buen descanso. Se sentó e inhaló hondo sorbiendo el oxígeno con desesperación. Seis cincuenta y cuatro. Hora par, minutos pares también. Le había costado encontrar la perfecta sincronía para programar el despertador. Todavía le quedaban seis minutos para  salir de la cama, ni uno más, de lo contrario debería esperar hasta las ocho en punto sin poder levantarse.

Hacía siete años, tres meses, veintitrés días que vivía solo. Incontrolable, el tiempo se empecinaba en arruinarle la vida. Había intentado un calendario propio que contaba días de dos en dos. Luego, empantanado una y otra vez en explicaciones vanas, tuvo que ceder a la convención, aliviando su malestar con escalas mentales en sentido ascendente con múltiplos de dos. Si ella no lo hubiese dejado no tendría que responder esa pregunta. Ni pronunciar números impuros, imperfectos.

De un tirón se duchó en trescientos sesenta segundos, sin temor a cortarse se afeitó en ciento ochenta y se vistió en cuatrocientos. Si algo había rescatado entre los inútiles regalos de su ex, era ese preciso cronómetro que le salvaba la vida. Miró la radio con recelo pero no la encendió. No existía frecuencia modulada que pudiera sintonizar, todas macabramente impares. Desayunó cuatro tostadas con cuatro cucharadas de mermelada, mientras leía el diario salteando páginas. Lástima, a veces se quedaba con la noticia por la mitad y una intriga que lo carcomía.

Salió a la calle a las ocho en punto. Justo pasaba el 343 que llegaba hasta la esquina de la oficina, pero lo dejó seguir. El 342 paraba a sólo seis cuadras y vendría pronto. Después acompasaría segundos y pasos para alcanzar la entrada del edificio a una hora conveniente. Saludaría con dos movimientos respetuosos de cabeza a las compañeras de trabajo y con dos leves apretones de mano a los hombres. Quizás a alguno, con dos suaves palmadas en la espalda. Después se sentaría frente a su computadora a editar textos ajenos, evitando mirar por si acaso el número al pie de página. Ésa era la parte más difícil. Las letras solían ser amables, se combinaban grácilmente sin ofender, más allá de su significado. Uno podía leer “amor” y remitirse a sensaciones gratas sin pensar siquiera en “odio” o cosas desagradables. Hasta “odio” parecía ser más buena si se la comparaba con “muerte”, pero no era el caso. Con los números no pasaba lo mismo. Un número primo o simplemente impar implicaba siempre que algo quedaba solo, desamparado, desprotegido. Una carencia imposible de soslayar, subrayada y evidente, casi obscena. Una realidad que no podía corromperse. Y nadie parecía notar el problema.

Una brisa suave lo rescató de sus pensamientos justo a tiempo para detener el colectivo. Extendió su mano derecha y le hizo una seña. Apurado, atrapó del fondo del bolsillo del saco un puñado de monedas que pujaban por escurrírsele entre los cuatro dedos.

 

 

Esta entrada fue publicada en Poesía. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta