Tengo cuarteado el llanto
Ajeada el alma y quebrado el espíritu
Me han maltratado hasta el hartazgo
Condenado sin juzgar
Llorado sin amar
Querido sin pensar
Perdido sin luchar
Mentido sin hablar
Matado sin odiar.
Aún así
El cielo sigue estando ahí
Tan plano como eterno
Tosiendo vómitos blancos
El cielo sigue siendo nuestro.
Y cuando aquel vástago de luz parece menguar
Y las salidas parece cerrarse
Incluso cuando el espíritu parece vencido
Cuando los días se sienten no terminar y nunca cambiar
Observar al hombre aplacado y lentamente absorbido por el mundo
Renacer desde las podridas entrañas de cloacas putrefactas
A pesar del hambre y la desesperación
La pobreza y la tristeza
Todavía en nuestro genoma está garabateado el instinto de ayudar
Por eso respiro con orgullo.
No somos más que un puñado de animales
Domesticados y encerrados
En una jaula de proporciones devastadoras.
La vastedad de la cárcel proporciona una pseudo-libertad desgarradora
Una comodidad inquietante, una tranquilidad que aterra.
¿Alguien vio alguna vez los barrotes?
¿La corrosión del metal con el paso del tiempo sobre esas barras cuasi imaginarias?
¿Se sabe cuanta distancia hay de un fierro al otro?
¿Han intentado escapar? ¿Se supo si alguien lo logró?
No, claro, nadie ha presenciado este tipo de situaciones, pero todos sospechan…
Sospechan por lo bajo que en algún lugar el hierro se oxida.
Y dudan, y piensan, e imploran
Que aparezca alguien y les arrime una escofina
Una maza y un cortafierro
Y que ningún futuro ni pasado les robe el presente
De hacer mierda esa barra que los sofoca.
Ya hemos soñado mucho y nos hemos intoxicado demasiado
Con el tiempo se vuelve una droga, muy dañina.
Y termina siendo único lugar donde jugamos a ser libres.
¿Y si la cárcel fuese un absurdo?
Y si en realidad existiese en nuestra mente
¿Nosotros seriamos los herreros de nuestra propia prisión?
De ser así, estamos condenados, porque el miedo
Es la cárcel más cárcel de todas las cárceles.
