La medicina de fines del siglo XIX, según comentan las estadísticas, tenía rasgos que lo asemejaban más a una carnicería optimista que a una ciencia. La sala de operaciones no solo se inundaba con sangre de miembros amputados sino también de desgarradores gritos y lamentos de victimas que eran desollados vivos por expertos cirujanos sordos al dolor. El paso por la escuela de médicos inculcaba esta sordera, puesto que permitía—
y permite – aplicar la fría precisión mecánica a un delicado ser viviente para mantenerlo en este mundo.
Algunos, demasiado empáticos, demasiado atentos al sufrimiento de los pacientes, no podían evitar percibirlo y terminaban por alejarse de la medicina o por adentrarse profundo en las turbias aguas de la melancolía hasta terminar ahogados. Otros, atrapados entre su vocación y las convenciones de la época, buscaban salir adelante por caminos esperados a ser explorados. Entre esas personas estaba James Young Simpson, un doctor escoses que deseaba ejercer su profesión pasando la menor cuota de dolor a sus pacientes. En esta búsqueda se topo con un compuesto químico llamado “cloroformo”. Había sido elaborado por Samuel Guthrie algunos años antes, en circunstancias que hacia dudar de la cientificidad de sus intenciones (lo obtuvo destilando cloruro de cal en varios litros whisky). James Simpson reconoció las propiedades anestésicas del compuesto inmediatamente. Así mismo reconoció su potencial medico y las ganancias que traería éste. Avalado por el prestigio que da la publicidad, la propaganda y el marketing – aval que rara vez nace de el estudio y la investigación— presento el cloroformo a la comunidad médica. La demostración usada era simple: consistía en empapar un pañuelo con el líquido y luego ponerlo en el rostro del paciente para que lo inhale. Éste caía en un sueño pesado que ni las más ásperas cierras podían cortar. Parecía un elixir mágico que libraba del dolor a los pacientes y facilitaba la labor de los cirujanos.
El éxito fue tan rotundo como incuestionable, y a medida que su uso se extendía por los quirófanos estos quedaban envueltos en un suave manto de silencio. Tal vez el éxito fue demasiado. Muchos cirujanos suministraron el químico a sus pacientes y nunca más oyeron hablar de ellos. Algunos despertaban, muchos quedaban eternamente suspendidos en el perpetuo descanso.
Una mente aguda se hubiese percatado de este patrón de muerte en la cual el cloroformo se encontraba entremezclado; una exitosa, no. Poseedor de la última, James negaba cualquier contraindicación que el compuesto – que cimentaba su fortuna y su reputación – pudiese tener. Poseedor de la primera, John Snow, dio vida y alma para hacer evidente el patrón de muerte que reposaba solo en las estadísticas en las estadísticas. Horas cargadas de abrumadores estudios y sofocantes mediciones hicieron emerger el hecho de que la mayoría de las victimas eran jóvenes de una excelente condición física. La razón en de ello era simple. El cloroformo no solo reduce la actividad de las de las células del cerebro (lo que causa el sueño anestésico) sino no también reduce la actividad de las células del corazón. Mientras más saludable la persona, más cloroformo es necesario para la anestesia; mientras más cloroformo, más posibilidades de un paro cardíaco que terminaría con la vida de la persona.
Armado con los sólidos resultados de sus estudios e investigaciones, Snow criticó y vilipendió duramente a James. Él negó todo con ese escudo de arrogancia que se forja amalgamando muchos miedos. La elevada posición en su torre de marfil lo mantuvo a salvo de las bien fundadas criticas.
Los cuerpos se seguían apilando mientras tanto. Snow entendió que mejor que buscar una rectificación era buscar una solución. El problema no era el cloroformo, sino la cantidad administrada (una simple cucharada podía ser fatal). Decidió entonces que lo mejor era fabricar un inhalador que permitiera controlar con precisión la dosis. Con ingenio y dedicación logro superar la promesa de James de despojar al paciente del dolor al no despojarlo también de la vida. El inhalador fue un hecho. Su efectividad tal que la misma reina victoria lo uso en dos de sus partos.
Snow continuó criticando el irresponsable uso del cloroformo por parte de James. El último por su parte continuó negando los concluyentes reportes con el prestigió ganado.
La muerte encontró a Snow y James en 1858 y en 1870 respectivamente. El último fue enterrado con honores (mas de 70.000 personas asistieron a su funeral); varios monumentos fueron erigidos para preservar su nombre y su memoria. El primero, John Snow, murió en el anonimato. No se erigió ningún monumento, no importa, no los necesito. De los 4.000 pacientes que trato, ninguno murió. Padres, madres, hijos hijas – las estatuas más sublimes que pudiesen jamás concebirse— fueron la viva memoria de la pasión y vocación de Snow por la medicina.
