Los tambores comenzaron a sonar cuando aún los pájaros nocturnos elevaban sus lúgubres cantos sobre las ramas de los árboles.
Lentamente desaparecían las últimas estrellas y el sol, rojo y resplandeciente , comenzaba a asomarse sobre la sabana africana.
El momento había llegado, Obenke sabía que sólo unas horas lo separaban de la ceremonia, esa en que pasaría a ser un Hombre.
Por fin las mujeres podrían elegirlo para amañarse, por fin dejaría de vivir con sus padres y tendría su propia choza, por fin, sería libre.
Los guerreros jóvenes subieron a los zancos, llevaban sus polleras y brazaletes de plumas rojas y sobre sus pies de ébano, tobilleras refulgentes.
Los ancianos sabios se habían colocado las máscaras y tenían en sus espaldas las dobles cruces de la sabiduría.
Formando un círculo, todos los integrantes de la tribu aplaudían y seguían el frenético ritmo de los tamboriles.
Deseaba que la danza no terminara nunca, sabía que, después el animal ingresaría al círculo y ya no tendría escapatoria, debería vencer o morir.
Se había preparado muchos meses para la lucha, pero sólo ahora sentía ese temblor en las piernas, los latidos le retumbaban en el centro del pecho y las manos húmedas no podían sostener el puñal.
Debía vencer, debía ser un hombre.
A sus espaldas, sintió el rugido, giró sobre sus talones y lo enfrentó.
Escuchó un chillido extraño , y un líquido caliente le quemó la piel .
Lentamente salió del sopor del sueño y vio a su madre parada al borde de su cama gritando:
¡Otra vez tuviste esa maldita pesadilla y volcaste el café que te traía!
