Refutación a Hume

Sabemos, por Hume, que las impresiones son experiencias sensoriales vívidas, como ser las visuales, auditivas, etc., y que las ideas son la representación mental de dichas percepciones, a saber, meras copias de experiencias sensibles reales que poseen una intensidad menor. Por tanto la segunda jamás precede a la primera y no existiría en nuestra mente sin una primera percepción genuina.

También sabemos, por nuestras comprobaciones subjetivas y sin necesidad de recurrir a clásicos, que la mente puede engañarnos en su proceder, disociando (y algunas veces de modo radical) la impresión de su correspondiente idea.

Nada costará ejemplificarlo; uno cree recordar algo con una convicción extrema que prevalecerá en el error a menos de que alguien nos de la prueba empírica de que aquella perseverancia es falaz. En seguida nos disculpamos y en ocasiones hasta con suspicacia, puesto que en nuestra mente aún se sostiene la duda de un recuerdo distinto.

Un hombre, a quien llamaremos T. por cuidar su privacidad, sabía de éstas y algunas cosas de mayor complejidad cuando se detuvo con insolente estoicismo ante una fotografía en la cual se figuraba un grupo de personas que él recordaba distintas.

La invención del fonógrafo por parte de Edison y posteriormente la cámara fotográfica por los hermanos Chevalier produjeron una revolución tanto tecnológica como filosófica. El hecho, inaudito, de que un momento superfluo de la historia universal pudiera ser eternizado por simples mecanismos con su correspondiente explicación física y óptica, marcó un hito en la idea sobre la inmortalidad del hombre. Podemos captar fotográficamente a un sujeto sentado sobre la arena de cara al poniente para inmortalizarlo. Aquel hombre sobrevivirá siempre que la foto subsista a los abastares del tiempo o el descuido humano.

Se ha comprobado estadísticamente en diversas encuestas a personas que han sufrido los avatares de alguna catástrofe climatológica donde responden que más que el daño material, es la pérdida de cosas simbólicas como las fotografías lo que las apenan terriblemente.

Grabar un sonido, pongamos por caso una voz, en una cinta, un disco o lo que fuese, hace que la persona sea eterna, aunque cíclicamente, ya que dirá lo mismo una y otra vez.

Por ende podemos concluir que la especie humana ha ganado la guerra contra la mortalidad; una simple grabadora, una insipiente máquina instantánea capaz de caber en una mano o una filmadora, ya un poco más sofisticada, permite que, a pesar de la muerte y desaparición de cualquier sujeto u objeto, permanezca eterno orando un discurso, bailando, o abrazando a otro. Ya no necesitamos la presencia concreta de alguien; basta con poseer una filmación para que el difunto camine, corra, baile e incluso satisfaga sus necesidades más básicas, por citar algunos ejemplos.

Naturalmente, y tal cual es el caso de los espejos, poseemos una confianza ciega en las reproducciones de dichos mecanismos, y así como no podemos concebir la idea de que un espejo nos refleje falacias, creemos que una fotografía nos mostrará una imagen fidedigna de un acontecimiento de antaño. Por este motivo, y a los efectos de la confianza que dichos aparatos fueron obteniendo, creemos que la representación mental, la idea que tenemos de algo debe estar en concordancia con lo que la reproducción nos ofrece, y tendemos a convencernos de que si dicha correspondencia no se produce, es por que estamos inmersos en el error.

T sabía, por distintas cuestiones que luego comprobó, que el hombre que estaba a su derecha en la mentada foto, no tenía la camisa a rayas y poco elegante que acusaba en el momento del acontecimiento. Quiero decir, aquel sujeto que T miraba con tenacidad había mutado sus prendas.

Pero no solo aquello le produjo un gran pesar, a saber, la seguridad de que aquella fiesta eternizada por meras cartulinas reflejaba una camisa en su amigo que en su momento no era tal, sino también el irrefutable hecho de que la mirada de aquel sujeto se había apagado de un modo extrañísimo.

T sabía que su amigo había muerto muchos años atrás, pero esto no justificaba la mirada que le devolvía en aquella fotografía, un poco por el contexto, que ya dijimos era una fiesta, y otro poco por que aquella noche su amigo se había manifestado sumamente eufórico y alegre.

Pero ¿que ocurre cuando se ponen en juego la subjetividad del que experimentó un acontecimiento y la objetividad imparcial sobre el mismo hecho?

Por que si de algo estaba seguro T es que aquella camisa y aquella mirada no eran las mismas que cuando se vivió el momento en tiempo y espacio real.

En el acto revolvió T las distintas fotografías que poseía sobre aquella fiesta y con toda evidencia se repitió la camisa a rayas y la mirada desprovista de toda energía, como despoblada de ánimo, pero a su vez reveladora, como si algo quisiese decir, como una complicidad de recordarle a quien lo mirase de que estaba muerto y no vivo como hacía pensar la foto.

T no se dejó refutar por la imagen y enseguida fue al closet a revolver algunas ropas viejas que ya no usaba pero que tampoco se atrevía a desechar. Y efectivamente, como un deja vu indicador, extrajo la camisa bordo, un poco ajada por el paso de los años, con la que recordaba a su amigo de la foto. Lo recordaba perfectamente, puesto que él se la había prestado exclusivamente para ir a aquel casamiento, y lo recordaba aún más por el hecho de que su amigo difunto jamás se la devolvió, y T solo pudo recuperarla pasado el accidente que le quito la vida.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero pronto lo tranquilizó pensar que tal vez incurría verdaderamente en un error, de que la camisa se la había prestado a su amigo para otra fiesta y no en aquella en la que fue tomado el retrato.

Pero no, por mas intentos auto punitivos que le imponía a su memoria, estaba convencido de que fue en aquel casamiento y no en otro en el cual le había prestado la prenda bordó, y pronto pudo comprobarlo por ideas lógicas, como ser que sólo en tres o cuatro casamientos habían asistidos ambos; que aquel de la foto había sido en el 88´ cuando ya poseía dicha camisa y no en el anterior que habían asistido y que databa de diez años antes. Además luego de aquella fiesta solo hubo una o dos casamientos más previos a su muerte, y su relación era más bien distante debido a cuestiones que no valen la pena mencionar, por tanto no le había cedido la prenda luego.

No podía ser de otra manera, la camisa se la había prestado la noche gélida del 88por mucha resistencia objetiva que se le presentaran en su contra.

Admitir que algo universalmente aceptado, objetivo e invariable pueda traicionarnos es el peor de los desengaños. La idea de que una fotografía en tanto representación Real de un acontecimiento devenga con el paso del tiempo en un fraude parece insensato y descabellado.

¿Y aquella mirada? Esos ojos reveladores que parecían decirle a T “no creas que por que aquí sonrío olvido que ya no existo”, ¿que pretendían?

La irracionalidad de todo aquello sumió a T en un estado de frenesí y desesperación; comenzó a indagar una por una las fotografías con las que contaba, intento desmentirlas sucesivamente con su finito recuerdo, ora descubriendo a alguno de los posantes arremangado, ora en una posición diferente a las que tenían en el momento del flash; y hasta descubrió en muchas la ausencia de algunas cosas en ciertas fotografías que T perjuraba estaban en el momento de la toma, y que dejaban un hueco, como si se hubiesen tomado una licencia de la infinita pose.

Descreyó en cada una de las instantáneas, supuso un complot divino o universal detrás de todo aquello, a tal extremo que casi pierde el buen juicio por tales nimiedades.

Al menos encontró un patrón sobre el cual asirse, y era que ciertamente las personas que habían fallecido habían mutado de algún modo, sobre todo en los gestos o en sus expresiones. Y era verdaderamente estremecedor para T enfrentarse a aquellos sujetos que en la imagen lo sorprendían con alguna sonrisa dolorosa u ojos sombríos.

Pero su experiencia no debía limitarse a su propio caso particular. Empezó a frecuentar a sus amistades y a pedirles distintas fotografías ante el embeleso de sus víctimas; pasaba horas revisando el material que le proporcionaban sus amigos o familiares y podía distinguir con precisión los que aún vivían de los que no, e incluso descubría pequeñeces de la escena impresa que aseguraba estaban agregadas y que jamás fueron testigos del acontecimiento.

Los podía captar, como dijo cierta vez, por un aura especial que los cubría, como una luz artificial y descontextualizada en la escena, o por una casi imperceptible cerrazón grisácea que iba cubriendo los rostros de los fallecidos.

Así fue como T consiguió cierta popularidad morbosa sobre un ¿don? tal vez divino que permitía encontrar grietas en el prolijísimo universo físico. Pero no fue mucha la gracia que le causaba a nuestro héroe esta popularidad inescrupulosa; el desengaño que le produjo saber que las fotografías mentían lo sumió en la reticencia de todo lo ecuménicamente establecido, y ya no solo no pudo confiar en ninguna fotografía sino que no pudo ver mas TV, ni mirarse al espejo; temió que la radio o los libros lo burlasen, y hasta evitó conversar con otros individuos. Llegó a pensar que algunas personas que lo rodeaban eran meros hologramas inexistentes que por refracción de la luz y confusión sonora devenían en una imagen parlante, como en el Morel de Bioy. Así pudo explicarse (por que en su mente seguía la imperiosa necesidad de encontrar una explicación racional sobre las metamorfosis fotográficas) que las ausencias o presencias de objetos y personas en la cartulina se debían a confusiones ópticas u hologramas reflejados fielmente por la cámara en el momento de su captación. Por tanto la fotografía no mentía, simplemente captaba cosas que el ojo mundano no llegaba a percibir.

Pero en sus momentos de (¿coherencia?) dejaba de lado esta pueril explicación y se sumía en el misticismo más rimbombante, llegando a cavilar que un Dios irónico y tedioso se divertía con la finitud humana y su cándida creencia de poder captar con total neutralidad un pasaje de su creación, y por ende cambiaba de lugar sujetos, hacía desaparecer y aparecer cosas o nublaba semblantes para que un limitado ser captara los cambios y perdiera el juicio.

Finalmente y a fin de dar a conocer sus descubrimientos comenzó un largo ensayo de refutación a Hume, se centró en un escepticismo infalible sobre las cosas del mundo, rechazó la teoría de Relatividad, sentenció la seguridad epicureísta y la filosofía matemática, negó la química y la composición atómica, denostó a Euclides y a Newton, aprobó la quema de Bruno y las torturas a Galileo y Copérnico, se mofó de Darwin, se aburrió de Dali y de Tiziano, se unió a los conspiracionistas mas extremos y su principio fue la irracionalidad de la raíz cuadrada de dos; es decir, se volvió un ferviente ortodoxo.

La última vez que desplegó un álbum de fotografías ya su mente estaba totalmente trastornada. Se decía que había cortado todo contacto con el mundo y pasaba las horas anotando en un pequeño cuaderno los cambios que iba encontrando en las fotos y que su recuerdo iba rebatiendo. Había más de cuatrocientas anotaciones; había creado un sistema casi científico para analizar las imágenes; dividía la cartulina en cuatro, con dos líneas formando una cruz y anotaba las transformaciones que él suponía correspondiente al cuadrante superior derecho, izquierdo y a los inferiores.

La última anotación reza “una palidez fulgurante cubre mi rostro sobre el cuadrante superior derecho; a mi lado se encuentra un fallecido familiar que me mira con compasión y sarcasmo, mi mirada cambia radicalmente; temo.”

La muerte de T se produjo por causas que las autopsias aún no develaron. No encontraron el cuerpo sino hasta pasado tres días y en ocasión de una vecina, que acusó el olor a descomposición que salía de su apartamento. Lo encontraron en su habitación, repleta de fotografías que formaron una alfombra que los investigadores policiales pisaron con impudicia. Su cadáver estaba gélido y blancuzco, tieso, y atenazaba en su mano derecha una birome en la izquierda una fotografía de él pescando a la ribera de un río junto a algún conocido.

Éste último parecía natural y su imagen era diáfana. A su lado T lo abrazaba de manera peculiar, su cariz era sumamente sombrío, su sonrisa fingida, y su mirada, reveladora.

Acerca de Ezequiel Caminiti

Estudiante de Psicología. Verdadera vocación, leer y escribir. Único sueño, ser escritor.
Esta entrada fue publicada en Cuentos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario