Charla con un abuelo

Una hora permanecimos en absoluto silencio. Fuera por la diferencia generacional o por cuestiones que no vale la pena mencionar, parecía que un abismo se había abierto entre mi abuelo y yo.
Recuerdo la noche por que era venosa. Todas las noches ventosas y ulteriores me remitieron a aquella sigilosa y oscura, donde asistíamos al tenaz aburrimiento.
La recuerdo con una tristeza infinita. La luz se había cortado merced a alguna falla eléctrica y la habitación habíase reducido a la negrura solo interrumpida por la vieja lámpara de aceite, que con escasa lumbre apenas proyectaba sombras macabras sobre las paredes mohientas.
El viejo tomó una botella amarillenta y un vaso no menos sucio, se sentó frente a la lámpara y comenzó el paulatino peregrinaje por el whisky o la ginebra, ya no recuerdo.
Yo me situaba enfrente, donde me entretenía (o no) viendo pendular la llama de la vieja farola de un lado a otro.
Los ruidos se reducían al volcar del whisky sobre el vaso o al “toc” de la botella una vez finiquitado el vertimiento. De vez en vez algún suspiro desidioso quebraba el aire. El clima, la atmósfera, era profundamente deprimente.
Una hora, decía, pasamos así, indiferentes, en aquella postura.
Mi abuelo quebró el silencio:
-¿Sabés una cosa? Yo una vez fui joven y… fui feliz.
Lo mire con sopor.
Sus ojos octogenarios se habían reposado sobre una de las paredes. En el reflejo de la luz mortecina se me presentó una imagen terrible. Aquel hombre, mi abuelo, era muy mayor. A sus ochenta años su cuerpo se había encogido bastante. Su postura era algo jorobada, sus ojos, sumamente cansados, iban a tono con una cara arrugada y ojerosa, de comisuras marcadas y labios temblorosos.
La mano con la que asía el vaso le temblaba involuntariamente y de forma alarmante.
No había reparado en aquellos rasgos hasta entonces.
Tal vez, o mejor, seguramente, fue en aquella noche cuando descubrí la ancianidad de mi abuelo en toda su dimensión. En la vorágine de la cotidianeidad se me había esfumado, tal vez por desidia, aquella realidad. Algo insoportable se me presentó en aquella jornada, algo vino a perturbar mi entendimiento de manera atroz.
Recuerdo muy bien la escena, fue un instante interminable donde supe que aquel hombre había envejecido sobremanera, y que moriría.
Jamás olvidare aquel instante, por que fue como una revelación, como un velo que se descorría y me mostraba con crudeza la realidad más cruenta e inevitable.
El viejo sorbo otro poco de whisky, y absorto continuó:
-Cuando era joven fui muy feliz. Eran otras épocas, todo era tan sano… Yo tenía una barra de amigos, muchísimos. Nos juntábamos todas las noches en el café C. y pasábamos horas riendo, conversando… Ya la mayoría murió; a muchos no volví a ver…-
Hablaba con una nostalgia dolorosa que yo en mi inmadurez, indiferencia o sarcasmo no comprendía.
-Después me casé, los fui viendo cada vez menos, pero seguía siendo feliz. Cuando uno es joven es feliz, no piensa en todas estas…estupideces…-
Iba a preguntarle en cuales estupideces pero me contuve, un poco para que no siga hablando, otro poco por que lo sospechaba.
Luego sacó la vista de la penumbra y me miró con ojos profundísimos que hicieron estremecerme, parecía ahondar en lo más profundo de mí ser.
-Vos sos muy joven, tenés toda la vida por delante. Uno no se da cuenta de nada a tu edad, la juventud es tan hermosa…tan hermosa… Yo en cambio ya soy viejo, no tengo porvenir, mi vida ya esta consumada y no hay forma de regresión, solo nos queda el recuerdo y la amargura de no poder intervenir más ni siquiera en nuestra propia existencia. En la vejez, hijo, uno ve su vida como en una película, proyectada, con la inefable y terrible certeza de que no se puede modificar nada, que todo ya esta dispuesto. Y uno no se reconoce, ya no reconoce sus recuerdos… Ya no encuentra relación entre aquel joven vigoroso y este cuerpo debilitado, y eso es triste…-
Hablaba con una agudeza irreconocible. Jamás lo había escuchado hablar de aquel modo.
De cuando en cuando soltaba algún párrafo de algún libro, o recitaba una frase profunda de algún tango, pero solo eso.
-Porque ¿sabes que es lo mas triste de la vejez?, ¿sabés lo que es mas espeluznante de todo?, es verse al espejo y no reconocerse, hijo. Es ver una imagen que no es la que esperamos. Es ver como el cuerpo se va deteriorando paulatinamente. Es la insoportable impotencia de ver asentarse las arrugas y de encanecerse el pelo y la barba, de que la postura cambie, de que los pasos vacilen, de que las rodillas duelan y que las manos tiemblen. Todo sin la menor resistencia, sin posibilidad de cambiarlo, sin poder luchar… Eso es lo triste hijo, es no poder revelarse contra la naturaleza, es ver como te vas muriendo en vida.-
Si bien sus palabras iban calándome, no hacían mucha mella en aquel momento. Yo era joven, muy joven, y no importa cuanto pudiese hablarme mi abuelo en aquel tiempo, sus palabras estaban destinadas a triunfar solo póstumamente, a reivindicarse mas tarde, luego, cuando yo haya transitado el camino del existir.
Hubo otro impasse de sigilo. Mi abuelo miraba las proyecciones que el fuego del farol producía en el muro. Yo callaba y pensaba fruslerías.
-Tengo algunos miedos… creo que cuando te morís desapareces. Es como antes de nacer, no existis más. ¿Pensaste alguna vez en la no existencia, en la nada absoluta?
-Debe ser como todo negro- solté ingenuamente
-No, no es negro. Es nada. No se puede concebir, no hay negros y blancos. No hay… nada… así me figuro yo la muerte- y dio paso al vaso.
-Parece un sinsentido la vida, hijo. Solo tiene sentido en la juventud. ¡Y Que rápido se pasa! Disfrutala, hijo, su paso es exiguo, y si no la disfrutas te vas a arrepentir. A tu edad no te das cuenta. Todo cobra sentido después. Es como todo, el sentido o la importancia sobreviene cuando la cosa se perdió. Y acá estoy yo, haciendo mis últimas huellas. Apenas recuerdo con nostalgia y con una sonrisa los dolores amorosos, los problemas económicos, las enfermedades, las borracheras.
¡Cuanto daría, hijo, por volver a vivir los rechazos femeninos, las penurias, las borracheras, los dolores y recobrar la juventud! ¡Como me gustaría vivir, vivir mi vida una y otra vez, como planteaba Nietzshce, o bien vivir eternamente…y conocer, conocer otras vidas, otras historias…!
Que entretenido debe ser para Dios la existencia humana ¿no? – y rió con aflicción.
-Pero ¿quien lo culpa? Yo habría dispuesto las cosas de igual modo. El mundo, el universo es maravilloso. ¿Por que Dios tiene que ser bueno o malo? Dios es Dios y creó un mundo para divertirse, yo hubiese hecho lo mismo. Me pasaría horas mirando los seres humanos, interviniendo de vez en cuando para bien o para mal, haciendo y deshaciendo parejas, provocaría desencuentros, tristezas, guerras, felicidades y casualidades sin remordimientos. Meto el dedo por ahí y estalla la guerra en Medio Oriente. Cambio un pensamiento nimio y deshago la posibilidad de encuentro entre dos personas. Si me levanto con templanza y altruismo, hago algo para bien… Muy divertido sería ¡si señor!…-
No es la clase de conversación que un adolescente desea tener. Más me dispensaba el flamear de la llama del lamparón con sus consecuentes proyecciones tenebrosas que la charla misma. Sin embargo el viejo proseguía en su descargo:
-Cuando tenía tu edad me dolían ciertas cosas, me preocupaban algunas otras… los amores que pasaron por mi vida, el desengaño, las vicisitudes de la existencia dejaron hondísima huella en mi espíritu. Más luego ciertos dolores fueron cediendo al olvido, y algunos, incluso, ya no duelen. El dolor de perder ciertos dolores produce, a veces, mas congoja que el dolor inicial. Por que algunas desilusiones ya no duelen, y algunos amores ya no hieren, y alegrías de antaño ya no producen algarabía, y eso, hijo, no es bueno. Que el tiempo cura heridas es cierto, pero a un costo altísimo que no deviene de una característica propia de lo cronológico, sino de una progresión de desengaños aún mayores.
Se que no entendés nada hijo. No importa, no me hagas caso.-
En verdad que no entendía palabra, pero por algún motivo comencé a interesarme en aquellas palabras y presté oído a lo que decía mi abuelo.
-¿Tan fea es la vejez?- solté.
El anciano rió con afabilidad, con la docilidad de aquel que se ve enfrentado a una pregunta candorosa.
-No es fea la ancianidad, hijo. Lo que le da la simbolización de fealdad es el notar que el próximo paso es la muerte. La muerte es algo terrible que muchos psicólogos y sociólogos se empecinan en omitir. La muerte esta acallada en la cultura, hijo. Es propio de la estructura humana evitarla, ya sea en el pensamiento o en lo real, pues muy de otro modo actuaríamos si la muerte viniese a determinar todos nuestros actos. Son pocos los hombres que actúan de acuerdo al fin, y muchos menos los que lo soportan. He allí el basamento de toda angustia en el hombre, hijo. El hombre no se angustia por su trabajo, por su bolsillo, por su credo. O mejor dicho, sí se preocupa por aquellas banalidades, pero solo con el somero fin de evitar la verdadera y única fuente de angustia, la muerte.-
Y dicho esto tragó grandes cantidades de whisky, o lo que fuera.
Nuevamente el silencio. Yo cavilaba sobre las palabras pronunciadas. No entendía.
El viejo se perdía en quién sabe que recuerdos, qué anécdotas, qué reflexiones impenetrables desde mi lugar. “¿Que estará pasando por su cabeza?” me preguntaba. “Esta esperando la muerte. Mi abuelo espera la muerte, ya no le queda otro devenir”. Y aquella idea me sacudió el cuerpo. Una sensación espantosa me embargó, un afecto que solo lo experimenté en dos ocasiones subsiguientes con las mismas características, a saber, un frío que me recorría el cuerpo y que me paralizaba el raciocinio.
Esta sintomatología era producto de un mas alla del pensamiento concreto, y un mas allá también de lo abstracto. Fue en los casos donde me abandonaba, sobre todo al acostarme a la noche, e intentaba adentrarme en la doctrina del vacío absoluto. Me provocaba aquellos accesos de determinación, el vedo a ir mas allá de la vida y de la muerte de penetrar en lo infinito.
Aquella noche fue la primera vez que lo vivencié, producto de una fuerte empatía con aquel viejo que, sentado en aquella silla descompuesta, los codos arrugados sobre la mesa pobre y un vaso de whisky barato en una noche ventosa y sin luz, esperaba la muerte.
Y por primera vez en mi vida, pude comprobar el miedo que tal espera le originaba.
Tuve el deseo de abrazarlo, de decir palabras halagadoras, de demostrarle cariño, de cambiar de conversación, de que me cuente anécdotas, que rememore antiguas aventuras. Pero todo aquello podía provocar un aumento de angustia por parte de mi abuelo. Así pues me abstuve, no sin cierto temor; temor que se suscitaría en días ulteriores y era, tristemente, que cualquier día podía ser el último de aquel hombre, o el mío.
Lo último que soltó previo a la vuelta de la luz y la continuidad rutinaria fue un arrepentimiento sincero y una lección que marcó, tal vez, mi vida.
-Disfrutá la vida hijo. Que lo único que determinen tus actos sea la muerte. Quiero que esa sea mi enseñanza, mi legado: Recuerda que vas a morir. Pero no lo veas como algo trágico o pesaroso. Que esa máxima sea un móvil positivo en tu vida, para que vivas cada día como si fuese el último, mejor, cada instante. Que veas la hermosura de la existencia en la base de aquella frase. Que bagatelas como el dinero, el amor, o el trabajo no te inhiban vivir. Por que algún día, sino, extrañarás, incluso con nostalgia, los dolores del desamor y del desengaño. Que cada instante sea único, hijo. Que el aroma de la rosa te haga sentir vivo. Que la mateada en un crepúsculo cualquiera en compañía de cualquiera sea única. Por que si de algo me arrepiento, hijo, no fue de no haberme procurado grandes cosas. No. Sino de no haber presenciado suficientes amaneceres, de no haber saboreado comidas que ya no puedo, de no haber reído junto a alguien, de no haber cantado bajo la lluvia, de no haber leído algunos libros, de no haber escrito nada, de no haberme ido lo suficiente de viaje y conocer numerosos destinos, de no haber amado lo necesario, de no haber charlado lo suficiente, de no haber mateado con vos… y aunque algunas de estas cosas aún puedo lograrlas, otras ya no, pues son puras y propias de la juventud.-
Y dicho esto una lágrima de nostalgia y tristeza se deslizó lentamente por su mejilla.
Era la primera y última vez que lo vería llorar.
No se si en aquel momento llegué a comprender verdaderamente la significancia de aquellas palabras o si lo abracé por no saber como obrar.
Lo cierto es que volvió la luz en aquel instante y todo volvió a su normalidad. Ni la lámpara destellaba sombras, ni mi abuelo parecía tan viejo a la luz del fluorescente.
Nos despedimos de la noche de manera cortante y nos acostamos en nuestras habitaciones sin mediar granes palabras.
Mi abuelo soñó con su antigua canoa, con sus hermanos, con la barra del café C. y con travesuras que habían hecho de jóvenes. Soñó con un barrio distinto, con vecinos que ya no existen, con perros que tuvo, con su padre, con algunas novias pasajeras, con su madre, con la profesora de la primaria, con amigos del trabajo, con muebles viejos, con un cantante de tango, con su primer empleo, con la universidad, con el caballo blanco que lo pateó, con antiguas mascotas, con una borrachera que lo internó, con Carlos y “el Gringo”.
Soñó con el río y las montañas, con amaneceres y crepúsculos, con manjares y vinos, con barajas y billares, con cafés y cafetines, con su club de fútbol y sus ídolos, con un agónico gol en una tarde plomiza, con bares y cabarets, con soles y lunas.
Soñó con su casa de la infancia, con un naranjo que había visto solo una vez y cuyo fruto le había provocado gran placer, con la rayuela, con maquinarias de su trabajo, con varias navidades y finales de año, con tíos, con sus jefes, con su esposa, con sus hijos de pequeños, con una vieja que lo había reñido cuando niño.
Finalmente se soñó acostado bajo una intensa lluvia, para luego soñarse cantando en una avenida transitada; luego abrazado a M., su primera novia; y luego recogiendo la red en un día diáfano de pesca. Luego cebando mates a viejos amigos y desconocidos, para finalmente soñar con un gran espejo semi cóncavo que le devolvía una imagen en blanco y negro de un hombre fornido, de cabello corto azabache, bigote recortado fino y que sonreía con complacencia.
Yo por mi parte, aquella noche soñé algunas banalidades tales, que no valen la pena siquiera mencionarlas.

Acerca de Ezequiel Caminiti

Estudiante de Psicología. Verdadera vocación, leer y escribir. Único sueño, ser escritor.
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2 respuestas a Charla con un abuelo

  1. Ciel dijo:

    Hola! Me gusto mucho tu escrito. Se presta a charla. Me hizo pensar en años atrás, cuando era más piba (aún lo soy) y todavía tenía a mi abuelo. El siempre me contaba todo tipo de aventuras, pero nunca lo tomé enserio. Hoy lo lamento. Ojala subas más de tus escritos, ya que me gusta leerte. Los leí todos, excepto “torero”.. dado que amo demasiado a los animales.. y no quise arriesgarme a terminar moqueando el teclado! Prometo tomar fuerzas y leerlo! Saludos!

    • Ezequiel Caminiti dijo:

      Hola. Muchas gracias por tus palabras, me alegra saber que hay alguien que disfruta de los cuentos. Con respecto a “Torero” no es más que una crítica mordaz (o al menos esa fue la intención) sobre el maltrato a los animales. Saludos y nuevamente gracias!

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