Alto Paraná

Alto Paraná

“Vos sos curepí, yo soy paraguayo, bien guaraní” gritan los niños a la tripulación del la nave que atracó hace algunos días en la margen derecha del Alto Paraná. Despliegan su juego entre interjecciones en su lengua madre, entre nado y nado. Hay cierta agresividad en el grito, o una especie de defensa de no sé qué capital amenazado que se diluirá en el atardecer cuando el maquinista veterano toque la guitarra, despliegue su voz y rodee mágicamente a esos hijos de la orilla que se dejarán acunar en su costa paraguaya.
Claro está que no es sólo la música lo que el hombre ofrecerá. Preparará comida y carpiriña no sólo para los marineros sino que compartirán con los pibes en una especie de comunión de río y tierras. La aún agreste costa paraguaya extiende sus árboles y cañas mientras que el tiempo se reparte entre trabajo, paisaje y cantos. La noche avanza y los actores van mutando como la manera de la luz, los pibes se retiran a las chozas, o a algún refugio temporario y darán lugar a ellas, las mujeres de la tierra. Así, entre algún pago y algunas caricias ganarán sustento para la diaria tarea de mantener a los hijos de nadie y los marineros, tripulantes y otras yerbas compartirán soledades.
El amanecer se abre a los aromas casi ásperos de los cítricos, al rocío y a la tierra rojiza que despereza su idioma de pájaros y canoas. El despertar del día muestra un trajín vasto de mercachifles de toda índole, en el que la palabra “legal” queda fuera de toda adjetivación. Sin embargo aquello que ha sucedido antes de que salga el sol, esa particularidad que el sentido común bastardea con la palabra prostitución, es otra verdad, otra arista de la verdad. En la noche el tiempo se despliega de modo peculiar, abarca otra intencionalidad y otro discurrir. Las sombras y las luces cubren el corazón y el cuerpo de cada quien y aquí no hay jueces ni escrúpulos de ninguna conciencia, ya se sabe.
Pedro, -que además de ser el maquinista es el músico, el conductor de la lancha, el cocinero y el jefe de ciertos manejos no muy santos- deja pasar la horas y se convierte en un ser que vive en comunión con todas las cosas. Sabe sorber los sabores de una tierra única, que nos atañe, nos contiene y la que dibuja perfiles verdaderos. Prepara un mate con dedicación, como sosteniendo plácidamente los minutos que insume la tarea. La bombilla y la yerba se acomodan para no interferir entre el hombre, su boca y un especialísimo gusto. La noche le habrá dejado poemas en uno de sus tantísimos cuadernos que reposa en la pequeña tabla donde matea. Ensimismado en su mundo interno casi no advierte que una de las mujeres niñas aparece tímidamente. Pedro no sabe si la chica ha pernoctado en la nave o viene de la tierra pero sí ve la tremenda inflamación de su rostro, que sin ésta sería una belleza autóctona. Ha visto el dolor. Sabe que ella no tiene ni dónde ni quién pueda curarla. El maquinista la lleva a su cabina, la recuesta en la cama, y cómo un buen enfermero o médico va drenando la herida, limpiándola suavemente luego de que le hiciera una pequeña incisión con una aguja desinfectada. La deja dormir todo el día hasta que llegue la noche y compartan la única cama en el pequeño navío.
La joven mujer, recién bañada, fresca como la misma noche, espera al hombre para pagar la curación con su única moneda. La ternura de sus ojos muestra una pureza más honda que la de cualquier virgen. Quiere entregar su gratitud y su voz es un cautivante susurro que aligera su condición de amante sin fronteras. La pregunta por la frontera de la casi niña repica en la mente de Pedro que la ha eximido de obligación, el hombre ha corrido de sí el instinto convocando a su íntimo canto, ese que da el más puro amor, el del sitio secreto de su alma de amador.
El cuaderno lo espera en la cocina al alba, allí acudirá para que el momento perviva. Para que en el sitio íntimo de la música y las canciones, en la misma tierra bermeja bañada en río, respire esa mujer que ya es poesía.
Al otro día ella se fue. Entre los chiquillos burlones que gritan “vos sos curepí, yo soy paraguayo, bien guaraní” están los que dicen que se fue a la Argentina.

Acerca de Jouve maría margarita

Maria Margarita Jouve. Nacida en Cañada de Gómez. Residente en Rosario desde 1988. Publicaciones: Las Novelas "Los caranchos" (2007), "Con ciencia de nada" (2009), "Los desligados" (2012). Cuentos y poesías en Revista de estudiantes de Letras (2003). El cuento "El Negro Vera" en la Web de Literatura de Rosario
Esta entrada fue publicada en Cuentos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario