Eppur Si Mouve

Tengo recuerdos que no me corresponden. O, mejor, que no me pertenecen.

Tengo nostalgias de cosas que jamás me sucedieron. Si, me recuerdo caminando por la calle W en zona norte de la ciudad, en una diáfana noche estrellada y solitaria. Hoy funciona una pizzería de renombre. Pero anterior a ella, otra pizzería se alzaba allí, hace ya varios años. Lo se por mi hermana mayor, que hacía encargos con frecuencia con su novio. Allí termina mi remembranza.

A pocas cuadras de mi casa, frente a una plaza más lúgubre que vistosa, de cara al río, solo queda el abandono de aquel bar que, también años atrás, se erigía con pomposidad. El mencionado bolichín cerró sus puertas en el 92′, y afirmo haber asistido, pese a contar con tres años allá entonces.

Algunas memorias se remontan a tiempos lejanísimos y anacrónicos entre sí. Por momentos siento haber habitado el Buenos Aires de la gran crisis, más luego me veo en el siglo XIX en algún lugar que desconozco, tal vez Europa., para finalmente localizarme, siempre en mis recuerdos, en algún recital de rock ochentoso.

A veces pienso que mis gustos artísticos fueron adquiridos de aquellas épocas que jamás vivencié. Sino, ¿como explicar mi admiración por músicos tan distantes como Mozart, Gardel y Prodan?

En momentos de debilidad sostengo que a mediados del siglo XX se vivía mejor, que los ochenta y lo noventa fueron la última efigie antes de la decadencia actual. Por otros, daría cualquier cosa por escribir estas palabras a la luz de las velas y el calor de un hogar a leña.

No puedo dudar, a riesgo de perder la cordura, que las predilecciones son tan variadas como azarosas. No todos tenemos las mismas, y gustos son gustos, en cualquier ámbito de aplicación. Ergo, otras serían mis inclinaciones de haber vivido en otros tiempos, otras culturas u otros países. Pero ¿cuál es la razón de mis recuerdos fatuos, concretos y atemporales?

Por que te lo juro, no importa que haya nacido en el noventa, yo fui al bar Dumont enfrente de la plaza frente al río en pleno auge.

Luego razono y pienso que todo esto no es más que una incorporación fortuita de hechos que me han contado, o que he leído. Tal vez me identifico con recuerdos ajenos y los protagonizo, plagiando a su autor.

Es cierto, tengo nostalgia de vivencias ajenas, como los de mi madre. Ella me contó del bar. Por ser nocturno ya voy formando el ideal. Como paso a menudo por allí me figuro su estructura y su ubicación. Luego, esta idea deviene recuerdo y se amalgama en mí.

La caminata por la calle W. No es difícil de explicar. Mi hermana concurría a la pizzería de antaño, yo suelo frecuentar la actual. Sus encargos siempre eran de noche, cuando comía con Nicolás en mi casa. Finalmente mis recuerdos se estructuran y se introyectan en mi memoria.

Lo de épocas lejanas no es arduo de argumentar, lo incorporé del caudal de lectura que fatigo. Mismo la música.

Así, con entendederas duras y este modo cartesiano de argumentar me tranquilizo, me reconforto. Pero en las noches, en los sueños, me acosan las evocaciones falaces, como reminiscencias de experiencias inexistentes.

De cuando en cuando me despierto, sobresaltado, saliendo de una casa indescifrable rumbo a jornadas noctívagas. Y allí me sorprende una idea no advertida, a saber, la mayoría de mis remembranzas son oscuras, noctámbulas.

Amo la noche, he ahí la explicación y no quiero indagar muchos más.

Ayer tuve uno de esos recuerdos, esos sueños de vigilia que parecen transportarme a otra realidad por un brevísimo tiempo, pero que nublan el presente dejándome absorto y desconcertado en la vuelta. Si, fue ayer, en plena función de mis labores. Reposé la vista en una pared algo oscura y alejada y me encontré bajo los arcos de piedra de la plaza frente al bar, solo, bajo una farola que iluminaba mal y esperando a alguien. No tenía dudas, eran los años noventa. Este detalle inútil no es irrelevante, justamente por su carácter de precisión.

No recordé nada más, al instante se fugó el recuerdo y todo esfuerzo de recuperarlo fue vano.

Algunas veces me preocupo y llego a pensar banalidades que me avergüenzan. Pienso, por ejemplo, que soy una reencarnación, o el complemento de varias a la vez. Otras, pienso haber incorporado inclinaciones de algún alma transmigrada. Pronto me desengaño y me refugio en la idea de la introyección foránea.

Debo admitir, igualmente, y pese a aceptar la idea de la introyección más como obligación que por mera fe, que algunas noches recorro los lugares de ensueño. Debo admitirte, asimismo, que en tales casos un escozor, algún aura invisible me recorre la espinilla; pero también ésta sensación es efímera, tanto como un céfiro veraniego que apenas mece los bellos del brazo y desaparece sin remedio.

Tal vez este escrito ni siquiera sea digno de ser leído. No encierra nada especial, más que algunas estupideces mías. Ni siquiera se por que lo escribo, no es algo que me impida vivir. Pero me intriga sobremanera.

En fin, ayer recorrí el barcito abandonado y escondido en aquella esquina de la plaza, donde los focos apenas lo acarician con pereza. No se cuanto tiempo malgastado llevé allí, solo, pero cuando me fui era bien entrada la madrugada.

No encontré ni sentí nada en particular, más que una edificación vetusta sin atisbo del esplendor que, según me contaron, supo lucir antaño.

 

El hecho pasó desapercibido. Un joven, sentado en el banco que se encuentra bajo el farol, en una noche abierta y estrellada miraba con recelo la esquina abandonada de Dumont. Más de tres horas permaneció allí, sin motivo aparente.

La noche era fresca y la plaza, por encontrarse cercana al Paraná, redoblaba a fuerza de alguna ventisca el frío proveniente del este.

En plena madrugada y cansado, al parecer, de esperar (quien sabe que) se alzó y emprendió una marcha fatigosa; las manos en los bolsillos y la cabeza gacha rumbo al oeste.

Casi en el mismo instante, un joven sentado bajo un arco de piedra, al abrigo de una farola y luego de encontrarse con una señorita a la que esperaba emprendió la caminata hacia el bar, cruzando la plaza. Ambos reían con avidez.

Debe decirse que el parecido del galán con el otro muchacho era estremecedor. No se vieron por centésimas de tiempo, o de espacio, o por caprichoso sino.

El joven ensimismado se perdió en la penumbra, allá lejos. La pareja ingresó a Dumont; una no muy popular (aún) banda de rock tocaba aquella noche y el lugar brillaba con gallardía en aquel verano del 91′.

Acerca de Ezequiel Caminiti

Estudiante de Psicología. Verdadera vocación, leer y escribir. Único sueño, ser escritor.
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