boulevard oro

Recorría en dirección sur norte el cantero central de un boulevard escoltado por añejas palmeras, a mi alrededor un incontable mundo de corredores, trotacalles o simple caminantes en distintas velocidades corrían una competencia contra si mismos, contra el tiempo.

El cambio de hábito, por el cual escogí recorrer este lugar, empezó a tomar forma y color en un dibujo con un amplio parque verde y la meta puesta al final del boulevard, que llevaría a enfrentarme con el vértigo de una barranca cómplice de momentos y de historias que jamás contará, y como recompensa a tanta confidencialidad siempre la visitará algún corsario de ilusiones, bajado de algún barco mercante que circunstancialmente descubra su presencia.

A medida que pasaban los primeros metros de mi recorrido, el frío del parque va perdiendo su fisonomía, y mi mirada busca los detalles de casas clásicas que la modernidad o el pensamiento destemplado de algún prosaico no pudo aún derrumbar, mansiones que guardan en sus habitaciones historias de traiciones y amores, de debates y festejos patriotas, resistiendo al frenético crecimiento de altas estructuras que copan sus espacios.

Estos lugares van reconvirtiendo sus destinos inicialmente familiares y patricios, para mostrarse en clínicas, instalaciones comerciales o en el mejor de los casos en espacios educativos o sanatoriales, aferrándose en alguna raíz que le permita subsistir la belleza de un tiempo que pasó, escondiendo al testigo que con su silencio guarda la historia de una ciudad construida a su propia fuerza.

Ya casi no quedan adoquines en descubierto, y lo que fuera el frío comienzo por el parque que encierra la paradoja de contener hacia sus adentros un chico inglés escondido en la inmensidad de la proclama de una independencia, va adquiriendo calor paulatino a medida que paseo por su cantero central y no resisto la tentación canallesca de buscar curvas de mujeres, que llevan a miradas cómplices que portan banderas de ilusiones prohibidas que proclaman autoestima pasajera.

La presencia altiva de un palacio en el centro de una manzana, donde habita una mujer de raras costumbres, a la que algunos han visto pasear vestida de túnica blanca con sus ojos vendados, con una espada y una balanza en sus brazos, y de la que cuentan que hubo momentos en la que no la dejaban trabajar, pero que siempre terminaba imponiéndose, rara mujer ésta que cuentan, a la que le atribuyen un romance con una señora llamada Libertad, cosas de éstos tiempos, vociferó un hombre mayor sentado en una butaca frente a ella.

Es cierto lo que afirman algunos, eso de que el boulevard está encantado, con mujeres que enamoran y miradas bohemias que se escapan de la rutina. Al cruzar la esquina con Salta a sus costados brotan escondites públicos que pugnan en ofertas de recintos para disfrutar de buenos tragos y sazonados platos, lugares bohemios, excéntricos, con música rock o con sonidos de amores tangos, y sigo trotando al ritmo del color de la primavera.

Casi al final, una feria artesanal luce implacable el buen gusto de recuerdos, continúo y llego al límite con el río del que dicen es marrón para al que mis ojos lo ven azul mezclado con el brillo de barras amarillas del astro reflejadas en su pecho que corona una imagen gigante de un mítico buen lugar.

Pasó un buen tiempo ya de haber adoptado ésta sana costumbre de recorrerlo todas las tardes, no dejo de descubrir nuevas cualidades de sus habitantes y rincones, hay veces que me detengo a un costado cayendo en la tentación de sucumbir al pecado de una bebida bien fría con un plato de compañía a quien le cuento en silencio las bellezas que pasean delante de mi, y entablo una quimérica tertulia con mi interior en busca de un momento de calma.-
juan sanchez fajardo (pseudónimo)

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