Torero

Pasado el Paseillo que provocó la adulación general, seguida del Tercio de Varas que puso en éxtasis al público, el drama reinó.
El silencio fue notorio, pues la concentración era primordial en el Tercio de Barandillas.
El primer banderillero, valiente, audaz, se encaminó majestuosamente haciendo gala de su osadía, se plantó frente a la bestia, peluda, repugnante y la miró a los ojos. Su traje era hermoso, de un plateado que destellaba ante el sol abrasador.
Se paró en puntas de pie, arqueó su bello cuerpo, estiro las manos en forma de cruz y se apostó a dar el primer banderillazo.
El toro, cuya bravura fue en aumento tras los puyazos en el lomo, que sangraba acaudaladamente) se dispuso a acometer la inútil embestida.
El banderillero, sagaz, ágil, cual bailarín se movió con esa majestuosidad que sólo un torero de sus características puede lograr, y con un suave movimiento clavo las punzadas por sobre el animal, cuyo dolor no paralizó, sino que lo encolerizó aún mas.
La gente estalló en vítores, derrochando admiraciones ante tan buena estocada, lo que ufanó al avivador que se fue con gallardía entre aplausos y gritos.
El toro quedó engalanado con ambos rehiletes verdes y rojos, clavados en la carne, chorreando sangre tibia que se sumaba a la ya proveniente del Picador.
Luego, cuando la gente amainó el escándalo, pasó un torero con su muleta y comenzó a bregar con maestría, incitando la aclamación del respetadísimo público al grito de “¡Ole!, ¡Ole!”, y con mano diestra ridiculizó al toro con lentos y decorosos movimientos de su muñeca, haciendo vano los esfuerzos de embestida de la desagradable bestia.
Saludó el torero saludó cordialmente y se retiró dando zancadas majestuosas, que hacían vislumbrar lo perfecto de su traje con lentejuelas que irradiaban un glamour especial, unido a aplausos moderados pues la gente esperaba la llegada de F., aquél cuyo seudónimo era “El temblor de las bestias”, designando tal adjetivo al bóvido claro está. Pues un animal salvaje y ávido de salvajismo no puede ser sino más que un animal digno de ser muerto, y en lo posible ser humillado.
No hay nada apreciable en la naturaleza de semejante animal, enemigo del hombre, su matanza representa una diversión sana así como un deporte apreciable.
En fin, decíamos, que al retirarse el torero llegó el turno del segundo banderillero, que adoptó la misma posee que el primero, se arqueó, le grito vulgaridades a la bestia y lo motivo al ataque; y cuando la bestia embistió dio un leve salto, tan sutil e imperceptible que de un momento a otro el toro dio rodillas en tierra, ya con cuatro estacas en su lomo.
La magistral concurrencia estalló, sonrojándose las manos y repartiendo besos las mujeres, saludos varoniles los hombres, despidieron al segundo banderillero.
El toro, notoriamente agitado, dejo correr un hilo de baba por el hocico que fue a parar al albero.
La sangre ya cubría la mayor parte del cuerpo, los ojos comenzaban a nublarse y se lo ponían blancos, lo cual fue te temer ya que no podían aceptar que el toro muera antes del último acto y a manos de F., de aquel hombre tan respetado en toda España, ese hombre ejemplo de niños, ciudadano ilustre, que daba una de sus últimas corridas, ya que la edad y su altruismo le convencieron de postularse a gobernador, además del gran apoyo popular que movilizaba,
Pero volviendo al tema del relato, el toro franqueaba. La bestia luchaba por su vida, por respirar, todo se le nublaba, diría que sufría, pero no es apropiado el término tratándose de un animal tan vulgar, de una bestia tan imprudente.
“Éstas bestias no sufren” me declaró un aficionado a este deporte tan recreativo y ameno.
En consecuencia, era importante apurar.
Y allí fue, cuando bajo el cielo azul de verano, salió el Matador. Que el nombre no impresione, se lo llama así de pura originalidad.
Los niños que acudían por primera vez al rodeo lo vieron, era él, del que todos hablaban, el que todos alababan y los espectadores, en arrebatos de fervor comenzaron a aplaudir y vitorear hasta la sordera.
El toro sintió un puntazo en las orejas, el grito era ensordecedor. Respirar era idílico.
Si estos animales sintiesen algo, seguramente sufrimiento era lo más apropiado de describir, tal vez castigo, tortura.
F. salió, se vanaglorió, giró en torno al astado, rió, lo incitó con su capote rojo chillón, pero el toro estaba exhausto, seguramente su deseo era terminar con aquella agobiante tertulia.
Tan poca predisposición al espectáculo disgusto al matador, que debía lucirse, por tanto comenzó a caminar lentamente, de una manera tan exagerada que si no hubiese sido el mismísimo F. quien la efectuaba, provocaría la sorna de todo aquel que lo viera, tal era la ridiculez de sus pasos. Sin embargo, F. era aplaudido, ¡cuanta valentía!, ¡que osado!, acercarse a una bestia agonizando cuyo sistema nervioso no responde a la orden de su minúsculo cerebro que dicta ¡embiste!, ¡embiste al bufón!.
“El temor de las bestias” se acerco tanto que quedó cara a cara con el toro. Y que mejor manera de calentar al público que acariciándole el hocico e insultarlo, tapándole la cabeza con la brega donde ocultaba el Estoque.
Tanto molestó que el toro embistió, a distancia de 1 metro cuanto mucho.
La gente se tomo la cara, se tapo los ojos, el grito de ¡ojo! fue general, pero todo estaba planeado, F. en una pirueta que daba cuenta de sus virtudes no sólo esquivó el toro sino que logró que se deslizara bajo el manto rojo sin siquiera llegar a rozarlo, la gente explotó en la ovación.
Pero eso no fue todo, sino que el toro dio un giro y haciendo uso de sus últimas fuerzas volvió al ataque y logró llevarse en los cuernos el capote, no así el matador que con suave y gallardo movimiento lo esquivó.
Que el capote haya quedado bajo el toro provocó la ira de F., que en su naturaleza de hombre noble no dejó traslucir, pero sentía una gran decepción.
Un mozo de espadas entró, distrajo a la bestia que ya ciego de agonía cedió y pudo recuperar la brega de F.
Cuentan que tal mozo no volvió a lavarse las manos ante el contacto del manto sagrado de la persona que tanto admiraba.
Pero volviendo al relato, F. sacudió el capote, en su interior indignado, y comenzó a humillar al toro.
Un hombre como aquél podría humillar al mismísimo rey de España, con su traje dorado (hay quienes dicen que las orlas que le colgaban eran de oro puro) apretado, lo cual exaltaba sus cualidades, un gran bulto y un atlético cuerpo trabajado durante largos años, cuerpo, dicho sea de paso, codiciado por toda mujer de España.
En fin, volvió y degradó al toro, algo que según cuentan y esto no puede ser mas que una infamia jamás logró con su mujer, ate la cual agachaba la cabeza tal era el miedo que le provocaba. Pero repito, tales blasfemias no pueden ser ciertas, un hombre de su estirpe que humilla a semejante bestia no puede retroceder en la calidez de su hogar ante el imperativo de lavar los platos.
Finalmente, se acercó al toro y hocico con hocico, boca con hocico lo escupió en la frente y le dio la espalda a la bestia.
El estruendo de risas y aplausos, vítores y aclamaciones fue tal que opacó al mismísimo Santiago Bernabeu en el mismísimo clásico madrigueño.
¡Cuanta osadía!
¡Pardiez!, ¡Este hombre si que es intrépido!
¡Papá, yo quiero ser como él!
F. acostumbraba a escuchar esto y mucho mas, era uno de los hombres mas respetados del país.
Así fue como el toro, agonizando, humillado, aturdido, desangrado, escupido, ciego ante la muerte que se aproximaba, babeado, doblegado, dio un trote sin furia a la espalda con un trasero parado y prominente que le estaba próximo, lo cual fue lo último que haría.
F. quien sostenía el estoque bajo la brega giro la muñeca con garbo, y en un movimiento lleno de galanura y casi imperceptiblemente le asestó la puntada final directo al corazón de la repugnante bestia, finalizando así un acto más de su exitosa carrera llena de honores y donaires.
El toro cayó rendido, e ipso facto entraron los mulilleros para llevarse a rastras el cuerpo sin vida de la bestia que murió con dignidad a manos de un digno.
La gente satisfecha ovacionó largo rato, flores y besos bajaban de la tribuna y así cada uno se fue presto a sus hogares, luego de disfrutar una jornada gloriosa, que jamás olvidarían, con sus niños haciendo promesas vagas de ser torero y de matar muchos toros.
Los padres reían, “vas a ser un gran torero, vas a matar muchos toros hijo” y acariciaban la cabeza de sus hijos, hartos conformes de tan buena educación proporcionada.
Cuentan que los mulilleros vieron una lágrima deslizarse por el ojo izquierdo del bovino, y al secársela una nueva lágrima bajaba por la retina e iba a parar a un charco de baba que la bestia desprendía.
“Pareciera que llorara” dijo un mulillero al otro.
“Los animales no sufren, menos van a llorar”.
Y riendo fueron en busca de las 30 míseras pesetas que le pagaban por tan prestigiosa labor.

Acerca de Ezequiel Caminiti

Estudiante de Psicología. Verdadera vocación, leer y escribir. Único sueño, ser escritor.
Esta entrada fue publicada en Poesía. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta