Noche de Miércoles

Era la noche de miércoles. Para ser sincero, todas las noches son especiales para mi; el hecho de la oscuridad sigilosa, o tal vez la magia escondida que ella encierra, influyen el inefable deseo de estar despierto.

Hace años que no duermo. Si bien es cierto que la noche se utiliza para dormir, para que el cuerpo descanse el desgaste diario, yo rompí hace mucho con dicha costumbre.

Dormir es una debilidad. Entregarse, relajarse en la negrura nocturna es exponerse, esclavizarse a quien sabe qué cosas. No me permito tal punto de inflexión. Por eso no duermo de noche, me mantengo atento ante la oscuridad infinita; y además esto me coloca en un escalón de superioridad por sobre aquellos que duermen.

Pues siendo el dormir una debilidad, el estar despierto me provee de poder sobre aquellos que no lo están. Por instantes soy poderoso.

A veces me debilito en demasía, y me veo en la necesidad de acostarme. Generalmente en las siestas, pero mi sueño nunca llega a ser profundo, nunca mi debilidad es completa, sino que mis sentidos están atentos al más mínimo movimiento.

Las noches tienen algo especial que solo puede ser captado por aquellas almas sensibles que saben apreciar en la oscuridad, los poetas, los solitarios o los desamorados.

La gente rehuye a la oscuridad, pues esta es sinónimo de soledad. Un hombre oscuro, un alma oscura, es un alma solitaria. Pero como en toda noche y como en todo solitario, brillan pequeñas luces, cual estrellas, adornando el manto negro que lo cubre.

La importancia de una brillantez en la oscuridad es incalculable. Almas radiantes no poseen ciertos puntos de iluminación. ¿De que serviría un farol prendido en un mediodía radiante?. Pasaría desapercibido, es obsoleto, no se captaría su luz, no brillaría ni alumbraría a nadie ni a nada.

Distinto es el caso cuando se erige en medio de la noche oscura y lúgubre. Es un guía en la oscuridad. Cobra preponderancia.

De allí que las almas oscuras poseen estas pequeñas luminarias, como una noche estrellada, que sirven de guía solo para aquellos que lo saben apreciar.

Estos pequeños destellos son la esperanza, el amor, ternura, compasión que son puntos lejanos y apenas perceptibles en un alma melancólica.

Esta comparación entre una noche y el alma oscura puede ser bien aplicada a mí.

Me veo poseído por la irrupción de una bilis negra, tan afamada por los griegos, que inunda mi torrente sanguíneo.

Pero para volver al relato, las noches de miércoles se diferencian de las demás por que yo salgo a dar una vuelta. El motivo de por que elegí el miércoles es injustificado.

Tal vez por el mero hecho de que es mitad de semana, y la probabilidad de encontrar a otra persona es escasísima. Igualmente dicha posibilidad se vuelve nula si tomamos el hecho de que el horario en el que suelo salir es alrededor de las tres de la madrugada.

De todas maneras nunca di con nadie en mis rodeos nocturnos.

Aquel miércoles medité hasta muy entrada la madrugada si salir o no. El hecho de mi indecisión radicaba en el temporal. Era una noche muy fría, nublada, y la garúa apenas perceptible caía incesante.

Finalmente, calzado de gamulan y boina, irrumpí en la gélida noche.

Mirar a un lado y otro y no ver a absolutamente a nadie me reconforta, me siento dueño de la ciudad, al menos en esos momentos. Ni un murmullo, ni el más mínimo ruido que rompa el telón oscuro de una noche invernal.

Calles desoladas, casas pobladas de sueños intranquilos; tal vez alguna albergue algún poeta desenamorado escribiendo sonetos escalofriantes, lo cual pongo en duda, pues los poetas han desaparecido hace tiempo.

La peatonal se presenta ante mí asombrosamente taciturna; cuando de día representan el bullicio que aturde la templanza; de noche solo el zumbido de algunos faroles que alumbran mi caminar, el caminar de un solo hombre, o para decirlo decoradamente, de un hombre solo, me acompañan como música en mis oídos.

Reflexiono nuevamente y reformulo lo antedicho. Así como no tienen importancia al mediodía de un sol radiante, tampoco lo tienen en la noche más oscura, pues no alumbran el pasar de nadie. Y si antaño comparé un farol en la noche con iluminaciones de un alma oscura, y descubro que tal farol es obsoleto pues su luz no es aprovechada por nadie, lo mismo puedo referir a las pequeñas estrellas residentes en los melancólicos.

Entonces entreveo que tal alma esta condenada a vivir en la más atroz de las indiferencias.

Me siento un instante. Enciendo la pipa y cavilo sobre estas cuestiones.

La garúa persevera. Levanto la cabeza siguiendo el hilo de las bocanadas de humo y logro ver, apenas visible pero eternamente presente, tras nubes virulentas, la luna.

¡Cuantas poesías le fueron referidas!. Cuanta belleza hay en ese satélite que gira infinitamente para el deleite de los solitarios.

Finalmente, compungido, vuelvo a la caminata, cuando veo venir a lo lejos una sombra.

Como ya aclare antes, nunca tuve encuentro con ser humano alguno a esa hora, y más extraño me parecía tal encuentro pues el clima era pésimo.

Caminaba lentamente, como los sabios, pues le pesa el saber cosas horrorosas sobre la vida o la muerte; o como el filósofo, que abre los ojos y ve el sin sentido de la vida y sin embargo tiene la grandeza de seguir viviendo.

Lo esperé apoyado bajo un farol. Finalmente la llovizna apagó mi pipa.

Este hombre se acercó lo suficiente para verlo bien, aunque la neblina era algo espesa y no pude distinguir sus rasgos más complejos.

Debe de haber pensado lo que yo, pues se acerco hasta estar apenas a centímetros de mi rostro, y allí me percaté de que era un hombre entrado en años, el pelo canoso y algo largo para su edad, una barba tupida y desprolija también canosa, y unas ojeras moradas me dieron el entendimiento de que ese hombre no era de los que dormía de noche.

Me clavó sus ojos. Lo igualé con la mirada.

La mirada es un factor importante para aquellos que quieren mostrar su fortaleza interior.

Parafraseando a un autor que decía que “los ojos son el reflejo del alma”, y en esos ojos pude ver un alma oscura, como la mía.

Muchas veces me pregunté cómo sería el encuentro de dos hombres solitarios.

Pues allí estaba la respuesta. No se dirían nada, absolutamente nada, pues ya saben todo.

Este cruce de miradas pareció eterno, sin embargo fue un instante totalmente relativo.

Ahí comprendí que no sólo yo era el dueño de la ciudad, sino que debía compartir mi poder con otro. No sólo yo era el hombre mas fuerte por las noches, sino que otro mortal competía conmigo.

Dos solitarios, con hambre de poder, con almas oscuras, en medio de una llovizna exasperante, eclipsados por una neblina espesa, con la luna como única testigo de la guerra visual que dejaría a uno como amo y a otro como un débil mas, como los miles que dormían en ese momento.

Finalmente se apartaron las miradas, se rompió la conexión, el farol que repartía una luz tenue se apagó, y cada uno siguió su camino a oscuras, él hacia el sur, yo hacia el norte.

Ninguno de los dos se volteó para ver la espalda del contrincante.

Yo no lo hice por orgullo y buen perdedor. Él no tenía la necesidad.

Como consecuencia de ello, esa noche me acosté, y como desde hacía años, dormí profundamente.

 

 

 

Acerca de Ezequiel Caminiti

Estudiante de Psicología. Verdadera vocación, leer y escribir. Único sueño, ser escritor.
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