Qué diría Freud (cuento fractal)

Cada vez que salgo de noche, Freud aparece y me acompaña.
El sábado pasado iba caminando por las empedradas callejuelas de… vestido con frac y un típico sombrero inglés de bombín, cuando me crucé al Dr. Freud, quien iba montando un velocípedo.
Tocó la vieja bocina en mi oído con gran desparpajo. Miré sobre mis hombros y suavicé enseguida mi expresión al verlo. Luego de saludarme en un perfecto alemán me convidó de su pipa, la cual, estaba construida con caprichosos diseños hindúes.
Vagamos por las calles hasta vernos abordados por robóticos sonidos que surgían de un antro.
– Entremos – sugirió Sigmund
– De acuerdo – contesté
Luego de batir sus palmas un par de veces, el tosco antepasado de bicicleta comenzó a retorcerse, para, no me pregunten como, convertirse en dos espectaculares damas, las cuales, hacían las veces de nuestras acompañantes.
El rudo hombre de la puerta nos presentó una reverencia al tiempo de hacer un ademán invitándonos a pasar. Asentimos y le encomendamos nuestros guantes y capas. Al ingresar avisté a uno de mis tantos conocidos, Monsieur Piñón, el cual era empresario de la flamante industria del caucho vulcanizado. Saludé con mi usual sonrisa de lado a su partenaire oficial, la cual, excitada por la danza y el vino comenzó a desnudarse y a bailar en torno del imperturbable Freud. Observé de reojo como caía el monóculo de Monsieur Piñón, aunque solo ese fue el indicio de disgusto que pude detectar en él. Comportándome como un verdadero gentleman simulé no percatarme de la embarazosa situación, Freud hizo lo mismo y me pidió yesca para su pipa hindú. Ágilmente el doctor logró librarse de la encantadora pero desconsiderada danzarina y poniendo su cabeza entre la mía y la del señor Piñón susurró:
– Dirijámonos hacia allá – mientras señalaba con la manguerita de la pipa un amplio diván negro.
Luego de una media hora que para mí duró siglos, Freud dijo:
– Hemos fumado toda la pipa
Pasó el mismo lapso de tiempo y el señor Piñón dijo:
– Iré por buen vino
Freud lo acompañó y yo me quedé sentado en el fantasmagórico mueble. Los cuerpos y los objetos carecían de forma y razón de ser. Todo era un flujo. La música, los cuerpos y el penetrante olor a exóticos inciensos formaban un todo, el cual era nada. Todos bailaban. Ellos eran colores, eran acuarelas.En ese momento tuve ganas de… no sé, tal vez de irme, pero noté que ya no tenía piernas. Si alarmarme, agarré una copa que levitaba frente a mí desde hacia ya un largo rato. Me la había mandado Freud pues al observar la superficie del añejo cavernet, vi la imagen de él en situación de brindis. Sonreí y bebí.
– ¿Donde están tus piernas? – me preguntó la mitad de abajo de una mujer.
– Oh! Por cierto, no lo se – le dije
– Soy Lady Manson, prometida de Marqués de Montrouse.
– Está usted hablando con Lord Alejandro, disculpe que no me pare, por favor, acompáñeme.
– Un poco de descanso a mis pies me vendría bien, ya que he perdido mis sandalias y mi parte de arriba.
– ¡Oh! ¡Suele pasar!
– Si, por suerte esta vez mis traviesos pies están en su lugar pero ayer…
– Disculpe mi impertinencia pero me gustaría observarlos
– ¡Aquí están! – Exclamó Lady Manson (que no tenía boca) cruzando sus piernas sobre mi parcial regazo y presentándome sus blancos pies de princesa.
– Bellos y tan desperdiciados… Ustedes las mujeres usan tales obras de arte para caminar… Deberían caminar con las manos ¡cual equilibristas de circo! – grité secándome la frente con un pañuelito.
– Es usted adulador mi Lord
– Solo digo lo que veo y en este momento veo eso.
– No lo soporto, ¡comprobaré si miente en este instante!
– ¿Y que hará usted mi Lady?
– ¡Abra su boca y lo comprobará!
Abrí mi boca y Lady Manson…
¡Oh Afrodita de los fetichistas!
¡Eran flores, eran fresas!
Ni el más perverso de los faunos lo hubiese disfrutado como yo lo hice.
La viva imagen de la idolatría y la conciencia infinita de que ellas mandan rebotaban en mi cabeza y condensaron en éxtasis como un flash.
Abrí mis ojos y estaba solo.
Minutos después divisé a Freud y le pregunté adonde diablos se había ido con Monsieur Piñón. No me contestó, solo me dijo que era hora de irnos. Divisé a Monsieur Piñón, traía mi capa, mis guantes y mis piernas.
– ¿Adonde estaban?
– ¿Tus piernas?
– Si Piñón, ¡donde!
– Las encontré hablando con la parte de arriba de una mujer
– Una tal Lady Manson – aclaró Freud y garabateó algo en una pequeña libreta…
Benditos sean los espejos y los caleidoscopios que nos muestran el mundo tal cual es: fractal.

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2 respuestas a Qué diría Freud (cuento fractal)

  1. Gabi Mariel dijo:

    Soy nueva por lo que estoy, digamos, espiando a otros autores y fuiste el primer cuento que me atreví a leer! Fue como una bienvenida a este grupo de escritores y (supongo) lectores.
    ¡Ah! y me encanto tu cuento

  2. Gonza dijo:

    Gran viaje!!
    Me divertí muchísimo leyendo, muchas gracias.

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